Por: Frank Aguirre
Cada vez que en México se pronuncia la palabra reforma electoral, la oposición enciende las alarmas como si se tratara del fin de la democracia. Es un reflejo automático: gritos de autoritarismo, fantasmas de control y una defensa apasionada de un sistema que, curiosamente, nadie se atreve a decir que funciona perfecto.
La Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo se reunió con la Comisión Presidencial para analizar propuestas de reforma electoral. No hubo decretos, ni madruguetes, ni imposiciones. Hubo método, tiempos institucionales y una pregunta de fondo: ¿el sistema electoral mexicano sigue respondiendo a la realidad del país o se volvió un aparato costoso, rígido y desconectado de la gente?
El problema no es votar, es cómo votamos
México no enfrenta un déficit de elecciones. Al contrario: votamos mucho, votamos seguido y votamos caro. Jornadas duplicadas, calendarios confusos, procesos superpuestos y un aparato que consume miles de millones de pesos mientras la ciudadanía se pregunta por qué su vida cotidiana no cambia al ritmo de las boletas.
Reformar no es cancelar el voto.
Reformar es ordenar el sistema.
Reducir costos, simplificar reglas, revisar figuras que ya no representan a nadie y garantizar procesos claros no es un atentado contra la democracia. Es, literalmente, hacerla funcionar.
La defensa interesada del desorden
La reacción histérica de ciertos sectores no es casual. El sistema actual beneficia a quienes aprendieron a moverse en su laberinto: cúpulas partidistas, élites políticas y una burocracia electoral que se volvió intocable.
Hablan de pluralidad, pero defienden listas plurinominales decididas en oficinas.
Hablan de ciudadanía, pero temen que la gente entienda y cuestione las reglas.
Hablan de libertad, pero viven cómodos en la opacidad.
La democracia no es un museo. No se conserva intacta por miedo a tocarla. Se actualiza o se convierte en simulación.
Reformar es una tradición democrática
Quienes hoy se rasgan las vestiduras olvidan —o fingen olvidar— que todas las grandes reformas electorales en México fueron producto de crisis y disputas. La de 1977, la de 1996, la de 2007, la de 2014. Ninguna fue cómoda. Ninguna fue consensuada al cien por ciento. Todas respondieron a su tiempo.
Hoy el tiempo exige austeridad, claridad y legitimidad. No más complejidad innecesaria. No más procesos incomprensibles para la mayoría.
El fondo del debate
La discusión real no es técnica. Es política.
Se confrontan dos modelos:
- Uno que ve la democracia como aparato caro y controlado por expertos.
- Otro que la entiende como herramienta al servicio del pueblo, sencilla, transparente y accesible.
La Presidenta no propone menos democracia. Propone democracia que sirva.
Reformar el sistema electoral no es debilitarlo. Es evitar que colapse bajo su propio peso.
La verdadera amenaza no es el cambio, sino la inercia.
Si la democracia no se adapta, se vacía.
Y una democracia vacía es el mejor negocio para quienes dicen defenderla… mientras la usan.
El debate está abierto.
Que se discuta con argumentos, no con miedo.



