Últimamente, el ambiente internacional se siente tenso, pues la posibilidad de un conflicto armado entre Irán e Israel ha sumido al mundo entero en estado de alerta. Y aunque ya no es novedad para esta región del planeta, hoy el tono, la intensidad y las amenazas parecen distintos. No es fácil hablar de estos temas sin caer en el alarmismo, pero tampoco se puede ignorar que, cuando dos potencias en un punto tan delicado del mapa se enfrentan, las repercusiones no se limitan a los protagonistas. A veces, los efectos del choque (ya sean económicos, energéticos o sociales) se sienten a miles de kilómetros de distancia.
Un detalle que resulta particularmente inquietante, es que uno de los actores del conflicto sea Irán, un país que no solo ocupa un lugar estratégico en el Golfo Pérsico, sino que además es de los principales exportadores de petróleo del mundo, quien ante la presión ejercida por Israel y su conveniente aliado Estados Unidos, ha dejado entrever su capacidad de respuesta más allá del campo militar, es decir, el control sobre la distribución energética.
Otro dato novedoso, que ronda en los noticieros, es el estrecho de Ormuz, consistente en una franja marítima, la que, con sus 50 kilómetros de ancho, sostiene una parte crucial de la economía global, ya que por éste transita aproximadamente el 20% del petróleo que se consume en todo el mundo, convirtiéndose en uno de los puntos más estratégicos de esta actividad comercial.
Respecto a dicho sitio, se escucha que Irán ha advertido cerrar dicho canal, a manera de represalia. Decisión que de ser tomada afectaría globalmente, pues es lógico el consecuente aumento de precio en el crudo. Ello además de alterar mercados financieros, pondría a prueba la estabilidad energética de múltiples países.
Hasta aquí, considero vale la pena regresar nuestra atención a México, pues en un contexto internacional marcado por la incertidumbre, las decisiones tomadas durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador adquieren una nueva dimensión, particularmente, la construcción de la refinería Dos Bocas y la compra de Deer Park en Texas.
Se cuenta que la Agencia Internacional de energía -IEA, por sus siglas en inglés- opina sobre la importancia de Dos Bocas, señalando que podría convertir a esa región de nuestro país, en una verdadera exportadora de combustibles para 2030. Entre sus datos, presume que la producción esperada propone contar con un respaldo de cerca de 8 mil millones de dólares en inversiones; lo que significa para México: autosuficiencia y estabilidad de precios minoristas, es decir, precios para la ciudadanía.
Pero la creación de una refinería propia no es tarea fácil ni acota su utilidad y réditos solo a la producción de hidrocarburos. Resulta que, durante el sexenio pasado, el robo de este producto disminuyó en un porcentaje considerable (acorde al reporte de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana), lo que implica que el Gobierno de la República, no solo evite pérdidas, sino que le permite la adecuada regulación y comercio del también “cuasi-líquido vital”.
Estas acciones, que en su momento fueron severamente cuestionadas por la oposición, hoy, además de combatir fenómenos internos como el “Huachicol”, son pieza fundamental para mantener una economía sostenible con tan valioso recurso natural propio. Y antes que me cuestionen porque claramente, yo no soy economista, ingeniera ni profesionista en el ramo, es altamente posible concluir, que la necesidad que el Estado mexicano se esforzara por construir una refinería, a sabiendas de la inversión millonaria y el largo plazo, que se requiere para su funcionamiento y réditos sistemáticos, es un auguro que nos abre la posibilidad de afrontar una posible crisis global en materia energética.
En otro contexto, hay otro elemento que no puede sacarse de la jugada, la seguridad de las y los habitantes de cada país en conflicto. Está claro, que esta lucha por el dominio petrolífero tiene contextos económicos. Las grandes potencias alzan la mano, para apoyar al competidor más fuerte, o se suman golpeando al más débil. Todo por control político. Sin embargo, creo que ninguna nación se ha preguntado ¿se puede detener al mundo sin necesidad de disparar?
Finalmente destaco, México sigue en busca de autosuficiencia, ha comenzado a construir los cimientos. Y aunque está demás decir, que no atendemos a los llamados bélicos, la mujer que hoy nos conduce —y su antecesor— han sido firmes en defender la soberanía nacional, pero nunca bajo el coste de arrebatar vidas; sus convicciones son claras: no sucumbir ante el intervencionismo, la guerra y jamás al sometimiento.



