El pasado domingo, la escritora y periodista Sabina Berman encendió una mecha que muchos preferían mantener apagada: propuso que se sancione a los periodistas que mienten deliberadamente. En un país donde la libertad de expresión se defiende con uñas y dientes, su columna Prensa de Mentiras no solo denunció la proliferación de noticias falsas, sino que cuestionó el blindaje ético que permite a ciertos comunicadores manipular la verdad sin consecuencias. ¿Estamos listos para discutir límites en el periodismo?
Berman parte de un caso concreto: la difusión masiva de una noticia falsa sobre Beatriz Gutiérrez Müller y su hijo Jesús, quienes supuestamente se habían mudado a Madrid. La historia, sin pruebas, fue replicada por medios nacionales e internacionales, generando indignación pública y análisis moral sobre un hecho inexistente. ¿Cómo se llegó a eso? Según Berman, porque “pueden hacerlo, sin sanciones”.
Este diagnóstico no es nuevo, pero sí lo es la propuesta: establecer reglas y sanciones para quienes mienten, como se hace con la falsificación de dinero. La analogía es potente. Si el dinero falso desestabiliza la economía, ¿no hace lo mismo la información falsa con la democracia?
Aquí surge el dilema. ¿Sancionar al periodista que miente es censura? ¿Quién decide qué es mentira y qué es interpretación? Los defensores de la libertad de prensa temen que abrir esta puerta lleve a castigar la crítica. Pero Berman no propone castigar la opinión, sino la mentira deliberada: cuando se presentan conjeturas como hechos, se omiten datos clave o se manipula el contexto para favorecer intereses.
Y no, no se trata de que el Estado decida qué es verdad, sino de crear órganos autónomos, con participación ciudadana y criterios verificables, que puedan evaluar casos de desinformación grave. Así como existen tribunales electorales, podrían existir tribunales de ética periodística con capacidad sancionadora.
En este debate, el pueblo no puede ser espectador. La desinformación no solo afecta a figuras públicas, sino que distorsiona la percepción colectiva y debilita la capacidad de tomar decisiones informadas.
La propuesta de Sabina Berman no busca silenciar al periodismo, sino devolverle su vocación. En tiempos donde la verdad compite contra el clickbait, sancionar la mentira no es censura: es defender la ontología del periodismo. El reto está en diseñar mecanismos justos, transparentes, plurales y populares. Porque si el periodismo puede destruir reputaciones con mentiras, también debe poder rendir cuentas con verdades.



