La economía mexicana se encuentra en un proceso de reconfiguración estructural frente a un entorno internacional caracterizado por la fragmentación de las cadenas de suministro, la transición energética y la polarización geoeconómica. Este contexto exige nuevas respuestas, y México ha demostrado capacidad para articular una estrategia económica que conjuga estabilidad macroeconómica con transformación productiva, cohesión territorial y fortalecimiento del mercado interno. La política económica del país ha dejado de ser reactiva para convertirse en un proyecto de dirección estratégica.
Desde el inicio de su mandato, Claudia Sheinbaum ha enfatizado que el crecimiento económico no puede concebirse únicamente como acumulación de capital, sino como un instrumento para garantizar derechos, reducir desigualdades y reforzar la resiliencia nacional. Su formación académica en ciencias ambientales ha permitido trasladar una visión científica al ámbito económico, privilegiando la sostenibilidad, la innovación y la justicia distributiva como ejes rectores.
Lejos de metas abstractas de expansión del PIB, la presidenta ha promovido procesos económicos con impactos tangibles en el bienestar, vinculando el desarrollo con el territorio, el tejido productivo local y las capacidades institucionales. Este enfoque, cercano a las corrientes contemporáneas de economía del desarrollo, se distancia de fórmulas estándar y apuesta por un modelo más contextualizado y multidimensional.
El nombramiento de Marcelo Ebrard al frente de la Secretaría de Economía representó un giro cualitativo. Su experiencia diplomática y administrativa ha sido clave para transformar esta dependencia en un órgano estratégico de política industrial y desarrollo nacional.
Bajo su conducción, la Secretaría ha dejado de limitarse a regular o negociar tratados, y se ha consolidado como un actor de diseño y ejecución de políticas de transformación productiva. Su gestión se articula en tres ejes fundamentales:
- Atracción inteligente de inversión extranjera, condicionada a la transferencia tecnológica, al valor agregado nacional y a la innovación.
- Despliegue territorial del desarrollo, mediante los Polos del Bienestar, que integran infraestructura, capacitación y orientación productiva en regiones históricamente rezagadas.
- Relanzamiento de la política industrial, con la marca Hecho en México como emblema de una economía resiliente, competitiva y orgullosamente nacional.
Lejos de representar un proteccionismo anacrónico, este modelo coincide con la literatura posneoliberal que reconoce al Estado como articulador de procesos de transformación estructural con inclusión social.
Los efectos de esta conducción ya son visibles. En el primer trimestre de 2025, México captó 21,400 millones de dólares en inversión extranjera directa, cifra récord para un periodo similar. Los recursos se concentraron en sectores estratégicos como electromovilidad, dispositivos médicos, agroindustria avanzada y electrónica.
Simultáneamente, México evitó una recesión técnica pese a las turbulencias globales. El crecimiento, si bien moderado, ha sido constante; la estabilidad cambiaria se mantuvo y la inflación se ubicó en márgenes controlados. Más allá de los indicadores tradicionales, lo relevante es la calidad del crecimiento: creación de empleo formal en sectores de alto valor, mayor participación de empresas nacionales en cadenas globales y reducción de desigualdades regionales.
Estos avances evidencian la coordinación entre la Presidencia y la Secretaría de Economía, que ha permitido implementar políticas sectoriales y regionales con eficacia institucional.
Uno de los aportes más innovadores son los Polos del Bienestar. Inspirados en la teoría del desarrollo endógeno, buscan descentralizar la economía al integrar infraestructura, formación técnica, conectividad y orientación productiva en regiones periféricas.
La lógica es territorializar el desarrollo: generar arraigo poblacional, reducir migraciones forzadas y construir capacidades locales sostenibles. Este enfoque materializa un modelo de cohesión nacional desde la economía, alineado con las políticas de desarrollo inclusivo que promueven organismos internacionales y la literatura académica más reciente.
Desde la perspectiva de la economía política, México avanza hacia la superación del esquema de apertura pasiva y dependencia tecnológica heredado del neoliberalismo. El nuevo modelo se fundamenta en tres principios:
- Prosperidad compartida, como base ética y social del desarrollo.
- Soberanía productiva, como garantía de autodeterminación económica.
- Coordinación estatal eficaz, como condición para catalizar el potencial nacional.
Este tránsito no implica rupturas abruptas, sino una transformación progresiva, firme y coherente con los objetivos de la Cuarta Transformación.
La experiencia reciente confirma que la política económica no es un ejercicio técnico aislado, sino un campo de construcción nacional donde confluyen visiones estratégicas y demandas sociales. La dupla Sheinbaum–Ebrard ha mostrado que es posible conducir la economía con responsabilidad macroeconómica y, al mismo tiempo, con orientación hacia la justicia distributiva, la sostenibilidad y la soberanía.
México no solo busca crecer, sino también dignificar y distribuir. Se construye así un proyecto económico que inaugura una nueva etapa en la historia nacional, como referente de desarrollo con justicia social y orgullo soberano.




