La derecha mexicana atraviesa una crisis de identidad tan profunda que, en su intento por volver a ser relevante, ha optado por disfrazarse. Y como todo disfraz mal puesto, termina revelando más de lo que quiere ocultar. Hoy el PAN anclado en los recuerdos del pasado, pretende encabezar causas juveniles y apropiarse de discursos que jamás han defendido.
Durante está marcha de usurpación de la Generación Z, la derecha mostró su peor rostro, un rostro de violencia, misoginia, clasismo y agresiones salvajes contra los cuerpos de seguridad ciudadana, mismos que respondieron con disciplina, sin reprimir, sin golpear, sin usar la fuerza. Porque a pesar de las provocaciones, no somos iguales, en los gobiernos de la Cuarta Transformación se respeta a todas las protestas, no se criminaliza, no se violenta al Pueblo.
Lo que quedó registrado en videos y testimonios no fue una expresión juvenil, sino un espectáculo incómodo y revelador. Los mismos que presumen civilidad y valores en sus discursos partidistas se dedicaron a empujar, golpear e incluso herir de gravedad a las y los policías, celebrando estos actos de violencia como si fueran actos heroicos. Este sábado presenciamos cómo un grupo que se dice defensor de las libertades ataca justamente a quienes garantizan que esas libertades existan…
Y aquí es donde es necesario poner las cosas sobre la mesa. ¿Cómo hubiera sido si esta marcha hubiera ocurrido en los gobiernos del PAN o del PRI? Hace no tanto tiempo ver una movilización implicaba arriesgarse a ser golpeado con balas de goma, granadas de gas lacrimógeno, macanas, detenciones arbitrarias y fichas de “agitador social”. Ahí están los ejemplos que la memoria colectiva no olvida.
Hoy, con todos los retos que existen, la Cuarta Transformación instauró una lógica distinta, la protesta se cuida. Ese cambio de paradigma revela qué proyecto entiende realmente la democracia y la libertad como derechos fundamentales y qué proyecto la entiende como un riesgo inminente.
La derecha, incapaz de comprender el momento histórico que nos encontramos viviendo, recurre a estrategias superficiales para intentar conectar con quienes históricamente ha ignorado. Su app para afiliar simpatizantes con la promesa de candidaturas es un ejemplo perfecto de su desconexión.
Creen que usurpando la bandera de un famoso anime pueden esconder la esencia conservadora. Pero las juventudes no son ingenuas, reconocen la incoherencia cuando la ven. Y la ven cuando quienes presumen modernidad reproducen discursos misóginos. La ven cuando quienes hablan de paz son los primeros en agredir policías. La ven cuando quienes dicen defender libertades callan ante los abusos que ellos mismos cometieron en el poder.
La derecha quiere apropiarse de las causas juveniles, pero no puede apropiarse de algo que nunca ha comprendido ni respetado. Las juventudes buscan coherencia, no marketing. Buscan representatividad real, no participación desde apps. Buscan la defensa y respeto de las causas sociales, no poses para redes. Buscan un futuro distinto, no políticos reciclados aferrándose al poder.
Mientras la derecha juega a disfrazarse, este país avanza con un modelo que entiende que cuidar no es algo prescindible, sino una responsabilidad social y colectiva. México se encuentra avanzando con un modelo que respeta la protesta y evita la violencia, sin la necesidad de simular cercanía con las juventudes, porque las juventudes se han encontrado al frente del movimiento desde los orígenes.
La derecha podrá cambiar de logo, de colores, de discursos y hasta de estética, pero mientras no cambie su mirada hacia el país real —las mujeres, las juventudes, hacia quienes protestan, quienes trabajan por una vida más justa— seguirá condenada a ser exactamente eso, el triste recuerdo del pasado.



