Pluma Patriótica

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La niña que vino de las estrellas

Cuando era chico soñaba constantemente con una niña que bajaba al mundo en una nave espacial y me visitaba. Me hacía muy feliz.

Es que la soledad es cabrona. La infancia es una etapa de terrible vulnerabilidad y si de vez en cuando te madreaban otros niños entonces sabías que sólo te quedaba refugiarte en los sueños y la fantasía.

No quiero que esto suene más dramático de lo que fue, estoy hasta la madre de que escriban de mi vida y la pinten como una historia llena de marginación y precariedad: no lo fue.

Pero sí fui un niño solitario y agandallado por uno que otro más hijo de la chingada que yo. Tenían sus historias y sus porqués, ahora lo entiendo… Pero igual ¡que chinguen a sus madres!

Mis hermanos son más grandes que yo por muchos años, así que la brecha generacional no nos permitía salir a jugar juntos. Fui una especie de hijo menor y único al mismo tiempo.

En fin, mi mente creaba este sueño mágico cada tres o cuatro años, me regocijaba y emocionaba bastante saber que en alguna parte del universo encontraría aquel remanso de paz junto a esa persona tan luminosa.

Crecí y dejé de tener ese sueño, dejé de sentir el inmenso hueco en el tórax que la fantasía rellenaba.

La vida sucedió de manera más o menos pacífica y placentera para mí, hasta que cumplí los 33 años. Un evento sumamente doloroso me dejó descobijado y expuesto al dolor, al frío, a la humedad y a la soledad como nunca antes los había sentido.

Todo se volvió gris y apagado, ni siquiera el sentido de autoconservación me funcionaba; no es que me haya querido matar ni nada, pero si hubiese sucedido nada hubiera importado.

Un día, en aquella época horrible, emprendí una caminata alrededor de mi edificio, por sus pasillos sin muros y con la impresionante vista de la Ciudad de los Palacios en 360 grados: volví a sentir la vulnerabilidad de la infancia, el vacío y la soledad que te duerme los brazos, que no te deja respirar, que te dobla como jorobado y te hace querer recostarte en la tierra para nunca más levantar la cabeza.

Me volví a sentir insignificante y perdido…

de pronto sentí su mano tomar la mía: pequeña, frágil, delicada. Me miró a los ojos y me sonrió. En ese momento supe que ya no estaba solo y que no lo estaría nunca más, que tenía una misión sagrada, más grande que yo, más grande que la vida misma. Ahí estaba a mi lado La Niña de las Estrellas y era mía porque yo soy todo suyo. Y está hecha por mí, con mi carne y con mis huesos. Supe que yo debía ser su guía y la columna que la ha de sostener el resto de su vida, incluso cuando ya no esté, y que no tengo derecho a quebrarme, que soy un cruzado y ella las armas que he de velar para librar la batalla de la vida, para pelear mi guerra florida.

Me miró a los ojos, sonrió y me llamó papá.

 

Tenoch Huerta. Actor mexicano de cine y televisión.

@TenochHuerta

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