Pluma Patriótica

Share on facebook
Share on twitter
Share on telegram
Share on whatsapp
Share on email

Los otros

Yo nunca quise ser actor, nunca fue mi sueño.

Yo quería ser científico, genetista o biólogo marino; también soñé con ser gimnasta o astronauta, hasta soldado, pero nunca actor. A pesar de que algún día caí en cuenta que un actor era capaz de “ser” todo eso y más, jamás cruzó por mi mente que eso era posible: volverme actor —sí, cómo no.

Vengo de un lugar en el que enseñan que los actores son los otros, los de allá, los de otro lado, esos que no soy yo, los de “la lana”, que pueden dedicarse a esas pendejadas sin sentido que no producen nada.

No sólo en el contexto familiar escuchaba todo esto sino en el contexto total de mi existencia.

Para nosotros los actores eran los que salían en la tele, los güeros guapos y mamados, las rubias despampanantes y talentosas. A los demás, a los que eran como nosotros, ni los notábamos.

En el juego mental de los complejos y resentimientos intentábamos igualarlos a nosotros diciendo que eran putos, drogadictos, alcohólicos, prostitutas o nalguitas del productor, no nos daba la envidia para más. Si no puedes con ellos… humíllalos.

¿Imaginar ser actor? N’ombre, cómo crees, si eso no es para nosotros.

Cumplí 17 y mi padre me insistió en tomar clases de actuación porque “vio algo en mí”. Lo hice; era un taller, un hobbie, nada serio, sólo pasar el tiempo asumiendo que nunca me dedicaría a eso. Un pasatiempo sin importancia.

Ocho años después estaba en un set de filmación y no fue fácil adaptarse, no sabía nada de este mundo, de sus formas, de sus usos y costumbres.

El primer día en el comedor dimensioné lo lejos que estaba de ese universo. Todos hablaban de sus restaurantes favoritos en Los Ángeles, Nueva York, Londres.

Incómodo y fascinado, me dediqué a comer y a escuchar, yo nunca me había subido a un avión, mucho menos salido del país.

Volví a mi lugar y le conté a mis compas lo que había visto y oído en el Valle de Atongo.

No les importaba mucho.

Cada vez me entendía menos con nosotros, cada vez me entendía menos con los otros, cada vez me entendía menos.

Las diferencias culturales de grupos habitando el mismo país, la misma ciudad y a veces, como en Roma (2018), la misma casa, perecen abismales.

Con los años me fui acercando a los otros, mi mundo se fue alimentando con exquisiteces de esta vida, muchas amargas, otras dulces. Entendí que este mundo está integrado por más elementos que ese binomio básico y estúpido con el que me crié. Me asomé más allá de mis complejos y entendí: los y nos entendí. Tuve que soltar y desde esa orfandad de pertenencia me comencé a contar un nuevo relato, con nuevas palabras y nuevos conceptos. Sigo sin pertenecer, pero ya no pesa.

—No encajo en este lugar, no entiendo de lo que hablan, no entiendo sus referencias. Tampoco pertenezco al lugar del que vengo. No tengo un grupo.

—¿Y por qué tienes que pertenecer? ¿Para qué quieres un grupo? Sé tu propio grupo.

Eso me dijo la Chave.

“Pertenécete”.

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on telegram
Telegram
Share on whatsapp
WhatsApp

Relacionado