Estamos iniciando un nuevo año, y si algo ha quedado claro es que 2025 no fue un año sencillo para la estabilidad política, ni en México ni en el mundo. En el norte del continente, el gobierno de Donald Trump no solo cumplió con las advertencias de su discurso radical, sino que fue más allá de lo imaginable. Su administración se ha caracterizado por una agresividad abierta, ahora hasta la escalada una invasión militar en Venezuela, y una continua contra los connacionales y la población migrante en general en Estados Unidos, a quienes se les ha despojado sistemáticamente de derechos elementales bajo una lógica de persecución, criminalización y deportación masiva.
Este fenómeno no es aislado, junto con la consolidación de la extrema derecha en Estados Unidos, América Latina ha vuelto a experimentar el vaivén del péndulo político hacia la derechización. Países que habían apostado por proyectos progresistas hoy atraviesan retrocesos preocupantes. El caso de Chile es ilustrativo, un proceso político lamentable que puso fin a un gobierno que había llegado al poder por la vía democrática y desde la izquierda.
En este contexto regional e internacional adverso, México ha logrado mantenerse como un bastión sólido y consolidado del progresismo, lo cual no es menor. Sin embargo, esa fortaleza también ha provocado una reacción cada vez más virulenta de la derecha mexicana, que al verse desplazada del poder político ha optado por radicalizar su discurso y explorar estrategias más agresivas y violentas. Que no nos extrañe que después del ataque militar estadounidense en Venezuela hubo personajes que clamaron que sucediera lo mismo en nuestro país.
No es casualidad que el Partido Acción Nacional haya renovado su imagen institucional recurriendo a símbolos y lemas con ecos claramente fascistas, ni que su dirigencia haya llegado al extremo de reconocer públicamente que a la oposición “ya no le queda más que la violencia”. Estas declaraciones no son errores aislados, son síntomas claros de una derecha que ha perdido el rumbo democrático y que coquetea cada vez más con salidas antidemocráticas.
Esta escalada ya se había empezado a manifestar desde hace tiempo en figuras como Ricardo Salinas Pliego, empresario conocido tanto por su poder mediático como por su condición de deudor fiscal. Durante años, Salinas ha utilizado sus plataformas para difundir mensajes cargados de clasismo, racismo, misoginia y una violencia discursiva constante, aunque durante mucho tiempo ese discurso parecía circular en una burbuja limitada. Lo preocupante es que recientemente ese mensaje ha encontrado mayor eco dentro de ciertos sectores de la oposición, militantes, opinadores y actores políticos han comenzado a impulsar encuestas, rumores y “globos de ensayo” que apuntan a posicionar al empresario como su posible candidato rumbo a 2030. Más aún, ya hemos visto las primeras acciones coordinadas entre Salinas Pliego y fuerzas políticas opositoras con el claro objetivo de desestabilizar al gobierno.
Basta recordar la supuesta “marcha de la generación Z”, un movimiento artificial que fue financiado, promovido y amplificado por partidos de oposición en alianza con el empresario. Afortunadamente, ni siquiera sumando recursos económicos, aparatos partidistas y plataformas mediáticas lograron convocar a un apoyo real. El movimiento se desinfló con la misma rapidez con la que fue improvisado, evidenciando la desconexión profunda entre esa derecha y la ciudadanía.
Sin embargo, sería ingenuo pensar que ahí termina el intento. Todo indica que nuevas estrategias ya están en marcha. Observamos un acercamiento cada vez más servil hacia el presidente Trump, así como un discurso crecientemente alineado con sectores religiosos conservadores, en un intento desesperado por construir una base social que no han logrado ganar en las urnas.
Frente a este panorama, es indispensable recordar los resultados. La Cuarta Transformación ha demostrado que bajo el humanismo mexicano más de 13.5 millones de personas salieron de la pobreza, que se ampliaron derechos y que se recuperó el papel del Estado como garante del bienestar. México hoy está mejor que antes, no porque lo diga un discurso, sino porque lo reflejan los datos y la experiencia cotidiana de millones.
Terminó un año, pero las travesuras de Salinas y de la derecha no. Por eso, más que nunca será necesario defender un modelo de gobierno progresista que ha demostrado estar a la altura de las expectativas del pueblo. La democracia no se cuida sola, y el futuro tampoco se hereda: se defiende.





