Pluma Patriótica

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The day after: de mediocridad, clases medias y la ‘Deschampización’

Era lógico que la oposición hubiera querido regresar a tomar el control del Legislativo. Sucede en cada democracia y es absolutamente normal y explicable. Aprovecharse de los errores (cuando estos fuesen tangibles y se pudiesen probar y documentar) del gobierno en turno para precisamente ser una oposición digna sería en verdad brillante si se hiciera con propuestas, con hechos y con miras a una real mejora de dichos desaciertos; sobre todo, pensando en el Pueblo. Pero ¿cuál ha sido el cometido principal de esta oposición desde antes de la pasada elección intermedia? Declarar una guerra sucia, tratar de voltear a la opinión pública en contra de las políticas del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, denostar, calumniar, bloquear, inventar, tergiversar, falsificar y ampararse.  Ante la desesperación de no “levantar” y tener la esperanza de volver a tener el sartén por el mango (dícese controlar el presupuesto a su favor), se unieron en una coalición “contra natura” los partidos que mucho daño causaron al país —todos en franca decadencia— y que no tienen futuro, porque sencillamente carecen de propuestas. Si las tuvieran, el juego democrático sería mucho más creíble y menos mediocre, más serio, como una verdadera democracia lo merece y como los ciudadanos lo anhelamos.  La gente que respaldamos el proyecto de transformación del actual gobierno no lo estamos haciendo a ciegas y de manera idealista.  Este proyecto nos convenció y a todas luces conviene al país, porque está tratando de cambiar paradigmas, erradicar vicios administrativos, cambiar las formas de los poderes ejecutivo, legislativo y el judicial, erradicar la pobreza extrema y la siniestra corrupción que sigue aun resistiendo como un tumor canceroso con metástasis. Aunque no sea perfecto —pero sí efectivo en cuanto a comenzar a enmendar los innumerables desastres dejados—, no se nos está dando desde ningún otro lado de la oposición otra opción similar o alternativa, ni un contrapeso crítico y sanamente constructivo. Escuchar o leer muchas de las frases o acciones que todavía después de la elección muchos de los opositores al gobierno de Andrés Manuel López Obrador están virulentamente vociferando (por ejemplo, Gabriel Quadri o Lilly Téllez) solo dan pena ajena. Más con el antecedente de un personaje que, como Quadri, felizmente en una publicación en su perfil de Twitter enarbola su tesis de que “deshaciéndose de Oaxaca, Guerrero y Chiapas, México sería una potencia emergente”. Mediocridad; solo mediocridad. Y no dejarán de serlo porque así crecieron y así se educaron políticamente. Por desgracia, también del lado de Morena ha habido mediocridad y es precisamente esto lo que ha empañado algo que en un principio se conjeturaba venturoso y que hoy se tiene que enmendar lo antes posible, con la cabeza fría y dejando de lado cualquier traza de ambición de poder o similar, que implique pasar por sobre los principios de izquierda o de los ideales por los que el Movimiento fue creado. Tampoco se debe dormir en sus laureles porque tantas gubernaturas —afortunadamente— hayan sido ganadas. En vez de ello, todos quienes representan estos gobiernos deberán tener una conducta ejemplar y aplicar políticas públicas que sean del todo congruentes con el movimiento transformador del Presidente, quien arrancó un movimiento genuino y unido por un líder con causa no se convierta en un partido más como de los que ya todos estamos hartos.

Respecto a la gran discusión referente a las clases medias que se ha dado con base en la derrota parcial de Morena en ciertas alcaldías de la CDMX —incluso el Presidente se ha manifestado desde lo muy incisivo hasta lo más moderado los últimos días—, lo que tengo que decir es lo siguiente: en Holanda, donde viví y estudié hace muchos años, un enorme porcentaje de la sociedad —muchísimo más alto evidentemente del que tenemos acá—pertenece a la clase media. Allí, donde no había esa grosera y aberrantemente grotesca diferencia entre muy ricos y muy pobres (como la que existe hasta la actualidad en México), uno escasamente notaba esa diferencia —que sí existía— entre clases sociales. Se notaba poco únicamente por los lugares donde compraban o el acento que tenían. Pero todo dentro de los parámetros normales y nunca “a la Romero Deschamps”, como aquí ocurre. Y es que en ese país (u otros de condición similar) la gente de clase media vive como todas las clases medias deben vivir: sin más pretensiones que tener un techo propio o alquilado (si así se desea), tener para comer una dieta rica en todos los nutrientes, tener con qué vestirse como guste, poder costear actividades de r esparcimiento —conciertos, espectáculos deportivos, cine, teatro  etc.—, tener una seguridad social (tanto para la salud como el desempleo o la pensión), y poder tomarte con tu salario o tu pensión unas buenas vacaciones un par de periodos al año y viajar donde te plazca, sin excesos ni lujos. La gente de clase media en Holanda estaba totalmente satisfecha con tener esto y no tenía por qué tener más pretensiones que ello, porque eso era lo razonable y justo para vivir. Tener más dinero implicaba pagar muchísimos más impuestos y, por ende, más dolores de cabeza y vivir eternamente fiscalizado. Esa es la vida de clase media que todos los mexicanos deberíamos tener. Es esa la clase media a la que deberíamos aspirar. Es allí, donde Andrés Manuel López Obrador debe poner sus esfuerzos para que cada vez más pobres pasen a tener la calidad de vida que la mayoría de los mexicanos deben tener y que hoy es privilegio de pocos, por tan pésimamente que administraron la riqueza los gobiernos anteriores. Riqueza que, con toda seguridad, hubiera alcanzado para tener un país con una clase media muchísimo más amplia de la que tenemos. Y la “Deschampización” de una sociedad como la que hemos vivido —con gente cada vez más ambiciosa y codiciosa de tener cada vez más y más y más dinero y bienes, comparado a una adicción a las drogas o al alcohol (y en el caso de los más corruptos funcionarios públicos, algunos empresarios y líderes sindicales de este país, todo obtenido por la vía ilegal y no por el producto de trabajo honesto como muchos empresarios, profesionistas, comerciantes y emprendedores que sí pagamos impuestos)— es en gran parte producto de una culturización, proveniente del mismo aspiracionismo que desde hace años ha inculcado a las clases trabajadora y media la televisión comercial, coludida con los gobiernos y las empresas que a ellos patrocinan con el fin de controlar y manipular a la población, imponiendo parámetros caucásicos de belleza, de una vida idealizada con lujos y excesos inalcanzables para los pobres en este país y para que subliminalmente el pueblo mexicano, indígena y mestizo, siga sintiéndose oprimido e inferior, como ellos lo quisieron tener, como les convino manipular, además de chatarrizarles a través de sus propios medios televisivos la cultura y la comida, obteniendo con ello un Pueblo mal educado, mal sensibilizado y pésimamente nutrido. Un negocio redondo de control, manipulación de masas y de dominación sin límites.

Para mí, la gente con verdadera “clase” es la gente más educada, sensible, humilde y sencilla y eso se ve tanto en México como en otros países. No importa si son ricos o pobres. Pero a los pobres en México es inminente, necesario y urgente proveerlos de recursos para que puedan vivir con una mucho mejor calidad de vida a la que —por haberlos pisoteado, discriminado y despojado por tantos años— tienen todo el derecho, y la prioridad no solo debe ser del gobierno, sino de todas las otras clases sociales.

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