Ciudad de México a 18 febrero, 2026, 18: 25 hora del centro.
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Trump acelera la multipolaridad y derrumba el relato occidental

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Las decisiones del presidente de Estados Unidos no están conteniendo el desorden global, lo están acelerando. Cada ataque sin aval legal, cada gesto unilateral, empuja al mundo hacia una multipolaridad cruda, sin reglas claras. Washington parece decidido a imponer su zona de control, pero incluso ese diseño comienza a resquebrajarse cuando Canadá rompe la disciplina y demuestra que ni siquiera el bloque norteamericano es ya un frente sólido y parece estar echando a perder el guion. Sus anuncios de nuevas relaciones estratégicas con China y su distancia creciente frente a Washington rompen la narrativa de un hemisferio alineado, revelando que incluso los aliados más cercanos empiezan a calcular su propia supervivencia.
El silencio del Partido Demócrata resulta tan revelador como inquietante. No hay freno institucional, ni resistencia real frente a la persecución interna de migrantes —con métodos que evocan los peores fantasmas del siglo XX— ni ante el proyecto expansionista en el exterior. La omisión confirma una sospecha incómoda, no son opuestos, sino dos caras de la misma moneda.
Quizá se trate del viejo juego del policía bueno y el policía malo. Porque cuando Trump deje el poder, si es que lo deja, lo presentarán como el gran monstruo, pero no devolverán territorios, no repararán daños, no revertirán precedentes. El problema no es Trump. El problema es el sistema que lo permite, lo usa y luego finge horror.
El mundo multipolar ya no es una hipótesis, es un hecho. Y Occidente, atrapado en su propia hipocresía, parece haber perdido no solo el control del tablero, sino también la autoridad moral para manipularlo.
Y a los extraterrestres, primero investiguen, después opinan.

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