Este fin de semana, el Partido Acción Nacional presentó con muy emocionados su “relanzamiento” acompañados de un nuevo logotipo. Una nueva imagen, que según sus dirigentes tiene la finalidad de “conectar con la ciudadanía”, como si un cambio de diseño pudiera borrar décadas de desconexión real con las causas sociales. La apuesta estética de la derecha mexicana contrasta profundamente con su vacío político, con su carencia de ideas y con su persistente anclaje en discursos clasistas, discriminatorios y profundamente reaccionarios.
Hace ya varios años que la oposición dejó de representar a las personas. Lo que en otros tiempos fue un partido con propuestas claras, capacidad de articular alianzas y una narrativa ideológica que tuviera algún sentido coherente, se transformó en un cascarón hueco que apenas sobrevive gracias al ruido mediático y a la nostalgia de un sector privilegiado que no termina de aceptar que México cambió.
Desde la victoria histórica de Andrés Manuel López Obrador al frente de la Presidencia en 2018, Acción Nacional no supo cómo leer la nueva realidad política y social del país, una ciudadanía más activa, más crítica y menos dispuesta a tolerar el intento de las prácticas del pasado.
El PAN no perdió solamente una elección, perdió completamente el rumbo. En lugar de replantear un proyecto político alternativo, eligió la ruta más sencilla: atacar, descalificar, desinformar y sembrar miedo. Abandonaron el debate de ideas para instalarse en el discurso de odio, pareciera que fue en otra vida cuando llegó a poder considerarse un partido propositivo. Han hecho de la polarización su única agenda, de la discriminación su principal bandera y del clasismo un mecanismo para intentar mantener viva a una base social que se reduce día con día. No es casualidad que desde 2018 sus mensajes políticos suenen más a reclamo que a propuesta, más a un berrinche que a una alternativa.
El relanzamiento de un logotipo (que permanece prácticamente idéntico al anterior) no resolverá el problema de fondo, la situación en la que se encuentra el PAN no se trata de imagen, se trata de programa político, de sus prioridades y formas. Un partido que no tiene proyecto de nación no puede reinventarse con colores y diseños nuevos. Un partido que no escucha al Pueblo, que no reconoce la desigualdad estructural del país, que no asume su responsabilidad histórica en las crisis del pasado, difícilmente podrá representar en el futuro a un Pueblo que se encuentra despierto.
La derecha mexicana, el Partido Acción Nacional, Movimiento Ciudadano e inclusive el PRI, se enfrentan hoy a su propio espejo, un grupo político desarticulado, incapaz de conectar con las demandas sociales, sin liderazgo y con un discurso agotado. Quienes antes se asumían como una “alternativa democrática” ahora solo sobreviven como eco de los poderes económicos más conservadores, a costa de coaliciones políticas que les costaron la poca credibilidad que les quedaba, aún al interior de sus propios institutos políticos. El PAN jamás podrá reinventarse mientras se siga rehusando a cambiar lo que verdaderamente importa, su visión de país.
Muy probablemente nos encontremos viviendo las últimas legislaturas del PAN y del PRI con registro nacional de partidos políticos. Se encuentran cosechando lo que por años sembraron. Pero pese a todo, es aplaudible su decisión de competir políticamente solos, sin volver a las coaliciones antinaturales. Definitivamente perderán el registro político en su búsqueda de identidad y redescubrimiento de identidad política, algo que debieron de hacer desde 2018 cuando perdieron el suelo y cayeron en discursos de odio populistas.
Cuando aprendan que «Gobernar no es mandar, es servir» enseñanza del general Lázaro Cárdenas y de parte de todas las personas que integramos la Cuarta Transformación, podrían tener una oportunidad de adaptarse a la nueva realidad nacional, pero probablemente ya sea tarde para eso.




