Ciudad de México a 23 enero, 2026, 17: 21 hora del centro.
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Venezuela, petróleo, poder y lágrimas

postal PP horizontal Carlos Sánchez Nieto

El año 2026 quedará marcado en los libros de historia latinoamericana no por una transición democrática en Venezuela, sino por el estruendo del metal sobre el valle de Caracas.

La ciudad que vio nacer a Simón Bolívar, el hombre que expulsó imperios a caballo, sucumbió ante el asedio tecnológico de una potencia extranjera. El “desastre mundial venezolano” no es solo una etiqueta periodística; es la realidad de un continente que, tras la intervención en Venezuela, se ha despertado en un mundo donde las fronteras parecen dibujadas con tiza.

El fin de una era y el peso de las ruinas

Había razones de sobra o quizás millones, si contamos a cada alma en el exilio venezolano para condenar al gobierno de Nicolás Maduro. Bajo un manto de autoritarismo y una oligarquía disfrazada de izquierda, Venezuela fue empujada a un abismo de miseria. El manejo de la industria petrolera fue, por decir lo menos, un suicidio económico. Desde 1999, los petrodólares se convirtieron en un banquete para pocos, mientras la infraestructura y el futuro del país se desmoronaban entre la corrupción y la torpeza técnica.

Sin embargo, la extracción de Maduro para ser juzgado por narcotráfico ha dejado un vacío que el humo de los bombardeos no permite llenar. La imagen de una Caracas asediada por fuerzas extranjeras es una herida abierta en el orgullo latinoamericano. Por muy nefasto que sea un gobierno, la soberanía de un Estado es el último bastión de la dignidad internacional. Romper ese principio hoy, bajo el aplauso del alivio momentáneo, es firmar el contrato de nuestra propia servidumbre mañana.

Millones de oportunidades perdidas

Al mirar atrás, el camino hacia este desastre está pavimentado con errores de todos los bandos; errores tanto del gobierno liderado por Hugo Chávez al no saber manejar el excedente de los millones de dólares que la industria petrolera venezolana obtuvo durante sus gobiernos y luego la llegada de Nicolás Maduro al gobierno, que no supo pacificar un país que estuvo siempre en constante incertidumbre, sobre todo por el acecho de políticos opositores venezolanos que siempre sabotearon poniendo en jaque al país.

La oposición desde el 2002 tuvo también sus errores, su participación en el golpe de estado que sacó por unos días a Hugo Chávez del poder.

El retiro de participación electoral en 2005 para las elecciones de la asamblea nacional.

Tras la muerte de Chávez en 2013, la victoria opositora estaba al alcance de la mano, sin embargo, las fracturas internas y la falta de cohesión permitieron que el chavismo con Nicolás Maduro a la cabeza retuviera el poder por un margen mínimo, cambiando el destino del país.

La abstención electoral en las presidenciales del 2018, el fenómeno Guaidó y la apuesta por una «presidencia interina» en 2019 terminaron siendo espejismos que desgastaron la esperanza ciudadana sin lograr el quiebre institucional esperado.

Y el laberinto de 2024, las elecciones presidenciales fueron un hito de valentía civil, pero la falta de un pacto de transición con el chavismo demostró que ganar en las urnas no siempre significa tomar el control en un sistema donde el fusil pesa más que el voto.

El rostro de la transición, Delcy Rodríguez

En un giro que nadie habría previsto en los guiones más audaces, Delcy Rodríguez emerge como la primera Presidenta de Venezuela. Como figura encargada, carga con el peso de pacificar una nación en ruinas y llamar a unas elecciones que, esta vez, deben ser el punto final de este ciclo.

Mientras en la diáspora algunos celebraron la caída de Nicolás Maduro con la euforia de quien ve la justicia desde lejos, el venezolano de a pie, el que camina entre los escombros y el silencio de las calles desoladas, guarda un silencio sepulcral. No hay fiesta cuando la libertad llega en las alas de un bombardero extranjero.

El espectro de una nueva Operación Cóndor

Latinoamérica está en un punto de inflexión peligroso. Lo sucedido en Venezuela proyecta una sombra que recuerda los años más oscuros del siglo XX. Pareciera que una nueva Operación Cóndor, adaptada a los tiempos modernos, acecha a la región, recordándonos que cualquier territorio «incómodo» podría ser el siguiente en la lista de intervención.

Renunciar hoy al principio de soberanía nacional por cualquier Estado, equivale a aceptar nuestra propia vulnerabilidad futura.

La paz no es simplemente la ausencia de guerra, sino la presencia de justicia y autodeterminación. El futuro de Venezuela debe ser forjado por manos venezolanas, sin tutelajes ni invasiones. Solo así se podrá reconstruir no solo una economía, sino el alma de una nación que ha sufrido demasiado.

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