Pluma Patriótica

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jueves, 25 febrero, 2021
Violencia ginecológica

Violencia ginecológica

En Medicina, se viven muchas clases de situaciones que nos acercan a una de las acciones más nobles que se pueden practicar: ayudar a desconocidas. Hay muchas maneras de hacerlo: desde prevenir y tratar enfermedades hasta acompañar duelos y enfrentar junto con la paciente las malas noticias (por ejemplo, cuando no se puede revertir los daños de una enfermedad). Sin embargo, recientemente me ha tocado eliminar uno de los sentimientos más difíciles que las mujeres pueden sentir: la culpa. Lo lamentable es que esa culpa la han provocado, en muchos casos, aquellos colegas que olvidaron que lo primero es no dañar.

La prevención es la mejor arma contra las enfermedades. Miles de mujeres han entendido eso y acuden a consulta siguiendo las recomendaciones generales. De la misa manera, muchas se enfrentan en la consulta pública y privada a cuestionamientos como: “¿de verdad has tenido tantas parejas sexuales? ¿Por qué iniciaste tan joven tu vida sexual?” E incluso, cuando hacen cualquier diagnóstico, lo acompañan de un: “pues, ¿qué esperabas si nunca te habías hecho un Papanicolaou?, o ¡Eso pasa cuando tienes una vida sexual tan promiscua!”. Muchas pacientes llegan a hacer caso a recomendaciones médicas basadas en el miedo y alejadas de la evidencia científica, aprovechando la vulnerabilidad provocada por los sentimientos al escuchar palabras como “Virus de Papiloma Humano”  

Un ejemplo de lo que les cuento me ocurrió hace poco, cuando vi a una paciente con una eversión glandular o las mal llamadas úlceras cervicales. Personalmente me parecen interesantes porque puedo ver con el colposcopio cómo es el tejido del útero por dentro ‒sin necesidad de meter una cámara ‒. En la pantalla le iba mostrando las glándulas y la imagen que se observaba como empedrada al aplicar las sustancias que hacemos en la colposcopía. Estaba yo en el auge de mi emoción, cuando me dijo que para cuándo le iba programar la cirugía para quemarla. Yo la miré extrañada ante la pregunta, sobre todo por la seguridad con la que la hizo. Le expliqué que las eversiones glandulares no son malignas ni son provocadas por infecciones de transmisión sexual, pero que se puede proponer un manejo cuando hay ciertos síntomas; no obstante, no era su caso.

Al vestirse y pasar al escritorio a platicar, empezó a llorar. “¿Estás segura de que esto no es por tener VPH?”, me preguntó. Le afirmé una vez más que no y me contó cómo alguien le dijo que se lo debía quitar porque era secundario a la infección viral. Volvimos a tener una larga plática y me dijo, al despedirse, que le había quitado una gran carga de encima. Tenía 19 años. Y aunque no hay una edad ideal para cargar culpas, definitivamente es lamentable salir de tu adolescencia con ese sentimiento. 

Ojalá fuera un caso aislado. Muchas mujeres sufren incluso antes del diagnóstico. No son siempre necesarias las palabras, basta con una mirada, un movimiento de ojos o alguna expresión corporal que no fomenta a cuidar la salud, sino a no regresar a una consulta. Muchas enfermedades tratan mal a las pacientes, no entiendo por qué entonces los profesionales de la salud insisten en complementar esto con comentarios poco afortunados que perpetúan la culpa. Como si las enfermedades de transmisión sexual fueran responsabilidad solo de las mujeres, y como si no hubiera tratamientos efectivos contra ellas.

El bienestar de las pacientes no se logra solamente al saber “que no están enfermas” sino al acompañarlas, apoyarlas y guiarlas; escuchar, sentir y nunca juzgar. Todas estamos en búsqueda tranquilidad: el consultorio médico de ser, antes que otra cosa, un lugar seguro. 
 

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