Violencia obstétrica

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Violencia obstétrica

Por Yoalli Palma | jueves, 22 de octubre del 2020.

¿Cómo se lo digo? El bebé ya no tiene vida, el bebé está muerto, el bebé falleció. Mi mirada estaba fija en la pantalla del ultrasonido y mientras veía que las vávulas del corazón ya no tenían movimiento, intentaba decidir qué frase debía elegir para comunicarle a la mujer que su hija de cuarenta semanas pasaría a las estadísticas de muerte fetal. De nada servían los reproches ni los hubiera porque se había presentado el peor resultado. Cuando mi colega -con la que la paciente llevaba el control prenatal- llegó, me explicó que en días previos no se quiso revisar porque su doula le advirtió que, si se dejaba, la iban a operar. Posteriormente inició con trabajo de parto y le habló a la doula para que la acompañara. Pasaron las horas y el bebé dejó de moverse, pero esta acompañante le dijo que era normal en un trabajo de parto, pero al seguir sin percibir el movimiento fetal, le habló a su doctora quien, dada la urgencia de la noticia, le pidió que acudiera de inmediato conmigo al estar más cerca. Así fue como la pude conocer.

¿En qué fallamos? ¿De quién es responsabilidad? Como doctora, he sido testigo de malas prácticas médicas, desde la mercantilización de la medicina al operar sin realmente requerirse hasta la omisión de procedimientos necesarios. De la misma manera, soy testigo del nulo seguimiento de indicaciones por parte de algunas pacientes quienes, a pesar de eso, responsabilizan al personal médico. ¿Qué tan bajo ha caído nuestra relación médico-paciente donde se ha perdido toda la confianza? Este no es el primer caso. 

Cuando llevé el control prenatal de mi mejor amiga y ella tomó cursos psicoprofilácticos, le decían que no se dejara revisar con tactos vaginales por su médico porque la operarían, que no se dejara anestesiar porque eso significaría que le terminarían haciendo cesárea y otra serie de consejos que hacían parecer al personal médico como el enemigo. Este tipo de frases se le repetía en cada sesión, afectando la práctica médica respecto a la individualziación del caso. Pequeñas acciones pueden traer consecuencias lamentables. Por ejemplo, en alguna ocasión leí que una médica decía que a las 40 semanas no había necesidad de inducción de parto si todo estaba bien. Esa información era correcta hace muchos años, pero la constante actualización y los estudios continuos, nos permite darnos cuenta de que lo que antes creíamos correcto, ahora no lo es. En este caso, la tasa de óbitos en pacientes de bajo riesgo ha generado la propuesta de inducir los partos a las 39 semanas.

¿Cuántas muertes fetales han ocurrido cuando aparentemente todo estaba bien? Muchas. De verdad son alarmante los datos; ante estos desastrosos resultados, nuestra práctica debe cambiar. Pero ¿cómo cambiarlas y aplicarlas cuando la confianza se ha perdido? ¿Cómo combatir a aquellos mercenarios que lucran con la vulnerabilidad de la paciente para convencerles de seguir sus consejos alejados de toda evidencia científica? Por supuesto que el sistema de salud se ha ganado a pulso la desconfianza. Se han contado y se siguen contando miles de historias de abuso médico en las salas de parto: gritos, humillaciones, dolor, procedimientos innecesarios u omisión de prácticas oportunas. Toda esta serie de acciones se engloban en la llamada violencia obstétrica. Yo la he atestiguado, creo que todo gineco-obstetra en su etapa de formación o en su etapa profesional también. La consecuencia actual es que algunos quieran ahora englobar toda acción médica como violencia obstétrica y se crea que aquellos sin cédula profesional no lo hacen, como el caso de esta doula, cuyos consejos llevaron a una familia a la tragedia 

Hice demasiadas preguntas y tengo pocas respuestas. Como siempre, la confianza sobre el médico debe ser perfecta, la sensibilidad y empatía del doctor debe estar al tope y los auxiliares de la salud deben conocer sus límites. Porque en el afán de hacer todo natural, olvidan que si de natural se tratara no deberían existir los marcapasos y morirías de una cardiopatía; o no deberían existir las cesáreas y solo deberían sobrevivir quienes nacen por parto, o permitir que una mujer en una hemorragia obstétrica se desangre y no usar medicamentos al no ser naturales. Aquel día, rogué que aquella doula se diera cuenta de que satanizar así la práctica médica tuvo una consecuencia fatal, que al final ni siquiera pudo presenciar porque estaba lejos del hospital mientras una mujer traía al mundo a un bebé sin vida acompañada de aquellos doctores que tanto criticó. 
 

Por Yoalli Palma | jueves, 22 de octubre del 2020.

Yoalli Palma

Yoalli Palma. Cursó la carrera de Medicina en la UNAM y la Especialidad de Gineco-obstetricia y subespecialidad de Medicina Materno Fetal en el Instituto Nacional de Perinatología. Apasionada del yoga y enemiga de planchar batas blancas.

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