Pluma Patriótica

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Nombre y prejuicio

No hay nada más ajeno que el nombre propio. No somos dueños de la forma como nos llaman. Si lo fuéramos, no existirían los apodos o al menos los escogería uno y no los compañeros de la secundaria. Además del nombre escogido por los padres, heredamos los apellidos y, por si fuera poco, cada quien nos dice un poco como se le da la gana: nuestra madre nos llama de un modo, los hermanos o hermanas de otro, y los amigos nos endilgan otro más. Los nombres que nos identifican dicen algo sobre quien los porta y mucho también sobre quien los usa.

Como suele suceder con los rasgos que no escogemos, el nombre mismo puede ser motivo de discriminación: hay personas a quienes ciertas oportunidades se les cierran por el nombre que les pusieron. Esto es verdad tanto para los apellidos como para los nombres de pila. Por ejemplo, en este estudio se muestra que si el o la solicitante de un trabajo tiene un nombre común entre los afroamericanos —como Lakisha o Jamal— y que, por ende, los empleadores asocian a ciertos rasgos fenotípicos y a cierta clase social, tiene hasta 50% menos probabilidades de que lo llamen para un empleo que alguien con un nombre de pila asociado a la gente blanca —como Emily o Greg—. En México abundan las bromas clasistas acerca de gente llamada Brayan o Jennifer, a quienes se les asocia con pobreza, bajo nivel educativo y delincuencia, pero esas mismas bromas no resuenan con nombres como Iñaki o Montserrat.

apellidosapellidos

Los apellidos también se cargan de prejuicios. En los países donde hubo dominación española, los apellidos más comunes terminan en -ez. Y según dictan las normas irracionales del clasismo, apellidos como Pérez, Hernández o López son motivo de sorna, pues delatan que no se pertenece a la élite, que por definición es un grupo reducido y —por lo mismo— de apellido poco común:

apellidos

Quienes se apellidan López, Sánchez o Hernández suelen combinar estos apellidos con el materno, de modo que sus portadores sean más fáciles de identificar: Joaquín López-Dóriga o Sergio López Ayllón son nombres más recordables que Joaquín López o Sergio López. Lo mismo sucede con Andrés Manuel López Obrador, a quien sus detractores escogen suprimirle el apellido materno: López. Lopitos. Liopez.

Y, aunque haya quienes desde la inocencia —real o fingida— piensen que no hay mala intención detrás de la estrategia antroponímica de referirse al presidente únicamente por su apellido más común, lo cierto es que el apellido materno no se les regatea a otros López célebres: ni a López Portillo, ni a López Mateos, ni a López Tarso. Cuando lo que es común y frecuente es señal de clase, y por lo tanto motivo de desdén, la elección de llamar López a López Obrador intenta subrayar una verdad innegable: este hombre no es de la élite.

Para ciertos adversarios eso implica que no tiene facultades para gobernar, pues reservan esa capacidad a un estrato determinado de la sociedad: el que hereda los apellidos compuestos, escasos, los de “los pocos”. En contraste, hay una enorme mayoría que considera que el hecho de que AMLO no sea élite es justamente una de sus fortalezas. Esos son quienes consideran —correctamente— que la legitimidad para gobernar se gana
por el respaldo democrático y no tiene nada que ver con el linaje.

 

Violeta Vázquez-Rojas Maldonado. Lingüista.
Estudia la gramática del purépecha y del español.
Interesada en divulgar la ciencia del lenguaje
y en desterrar algunos mitos y prejuicios
acerca de las lenguas, de las palabras y de sus usos. 

Twitter: @violetavr

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