Ciudad de México a 25 enero, 2026, 5: 35 hora del centro.
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Y el Pueblo cambió

postal PP horizontal Valeria Torres

Durante décadas, México fue un país atrapado en el interregno. Ese territorio incierto donde, como decía Antonio Gramsci, lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Las élites políticas, mediáticas y económicas administraban el desgaste de un modelo que se derrumbaba en silencio. El Pueblo, por su parte, resistía como podía: con dignidad, con rabia, con memoria.

Nos decían que la democracia era votar cada seis años, que la corrupción era parte de la cultura, que no había de otra. Nos enseñaron a desconfiar de lo público, a idolatrar al mercado, a resignarnos. El neoliberalismo no fue solo un modelo económico: fue un sentido común impuesto desde las alturas, un consenso sin alma.

Sin embargo, en 2018 algo se movió en las entrañas del país. La irrupción de Andrés Manuel López Obrador en la presidencia no fue solo un cambio de gobierno, sino el punto de ruptura de un bloque histórico en decadencia. El inicio de un nuevo relato, de una nueva hegemonía en construcción. Lo llamamos Cuarta Transformación, pero también podríamos llamarlo, en clave gramsciana, revolución pasiva que se volvió activa por la voluntad popular.

Desde entonces, vivimos en tránsito. Porque no se trata solo de tomar el poder, sino de transformar las conciencias. Esa ha sido la apuesta más profunda de este movimiento: la pedagogía política desde abajo. La creación de un nuevo sentido común en el que el Pueblo no solo obedece, sino manda; en el que el Pueblo no solo vota, sino piensa, exige, construye.

Gramsci llamó a eso “una revolución intelectual y moral”, y nosotros la llamamos “revolución de las conciencias”. Una transformación que no se impone por decreto, sino que se cultiva en el habla cotidiana, en los gestos solidarios, en la recuperación del orgullo de ser Pueblo.

Estamos justo en medio del cruce. En el momento donde el nuevo bloque histórico comienza a tomar forma. En el punto donde el proyecto transformador deja de ser insurgente y se vuelve dirección nacional. El Pueblo ha refrendado su voluntad: el pasado 2 de junio, con más votos que nunca en la historia democrática del país, eligió seguir el camino de la transformación.

La llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia no es solo continuidad: es consolidación. Es la entrada de la racionalidad científica, de la firmeza ética, del amor al Pueblo como forma de gobierno. Es el momento en que el movimiento deja de estar en disputa por su legitimidad y empieza a desplegar todo su potencial estructurante. El momento gramsciano por excelencia: cuando la política deja de ser administración y se vuelve dirección moral e intelectual.

Vamos hacia la profundización de un nuevo pacto social, nacido no en la cúpula, sino en las urnas y en las calles. Vamos hacia un país donde elegir al Poder Judicial no sea una anomalía, sino un acto de justicia democrática. Vamos hacia una economía con rostro humano, donde los recursos de la nación se queden en la nación. Vamos, en suma, hacia la conformación de un nuevo sentido común nacional-popular.

Pero nada está garantizado.

Gramsci lo sabía: los momentos de crisis son también momentos de oportunidad para las fuerzas reaccionarias. El viejo régimen, herido pero no muerto, busca reconstituirse, infiltrarse, deslegitimar el cambio. Lo vemos en los medios, en los tribunales, en los mercados. Pero hay algo que ya no pueden controlar: el cambio de conciencia.

Porque el Pueblo cambió.

Ya no es un sujeto pasivo, manipulable, desechable. Es protagonista. Es dirección. Es el verdadero soberano. Y cuando eso ocurre, ya no hay vuelta atrás. El interregno se cierra. Lo viejo muere, lo nuevo nace. Y no como promesa, sino como realidad viva, palpitante, irreversible.

Esta transformación —como diría nuestro presidente— no cayó del cielo. Es fruto de la historia, de la lucha, del amor a la patria. Es un proceso hecho con los muertos que nos acompañan, con los que abrieron brecha, con las y los que nunca dejaron de creer. Y es, sobre todo, una tarea inacabada. Porque la contrahegemonía no se hereda: se construye todos los días.

La transformación no es un decreto. Es una tarea diaria, una lucha cultural, una disputa por el sentido. No vino del cielo, como ha dicho el presidente. Es fruto de décadas de lucha, de memoria, de caídos que siguen presentes. Es un camino que se abre paso entre el lodo, pero con horizonte.

Hoy no hay espacio para nostalgias del orden viejo, ni para tecnócratas con ínfulas de sabiduría neutral. Hoy la política se hace con Pueblo, desde el Pueblo y para el Pueblo.

Porque cuando el Pueblo se organiza, no hay poder que lo detenga. Y cuando el Pueblo cambia, cambia la historia.

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