Ciudad de México a 4 diciembre, 2025, 22: 49 hora del centro.
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Y la historia cambió

Valeria Torres-Horizontal

Durante siglos, México fue un país partido en dos: de un lado, las élites que se repartían el poder como botín; del otro, las mayorías condenadas a vivir sin voz ni rostro, reducidas a sobrevivir en los márgenes, a cargar con la etiqueta de los “nadies”. Eran los invisibles, los ninguneados, los que no figuraban en la historia universal más que como nota al pie, en la crónica roja de los olvidados.

Sin embargo, un día la rueda de la historia comenzó a girar en otra dirección. Hace seis años, con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia, el pueblo abrió una puerta que parecía cerrada para siempre. Lo que se inauguró entonces no fue solo un gobierno: fue la ruptura con décadas de neoliberalismo que habían impuesto la resignación como destino. Se quebró la lógica del “sálvese quien pueda” y se encendió la certeza de que México podía gobernarse desde abajo y con todos.

Siete años parecen pocos frente a siglos de exclusión, pero bastaron para demostrar que la política podía ser diferente: una herramienta de dignificación y no de despojo. Los pobres, que antes eran apenas una estadística fría en los informes oficiales, pasaron al centro de la vida pública. La consigna se volvió realidad: primero los pobres, primero los olvidados, primero quienes nunca habían contado. Y quedó demostrado que no era un asunto imposible ni lejano, sino una cuestión de voluntad y de decisión política al servicio del pueblo.

Pero la profundidad de la Cuarta Transformación no se mide en programas sociales o en cifras económicas. La profundidad está en los símbolos, en los gestos, en los rostros que encarnan el cambio. La política también es representación, es espejo donde el pueblo se reconoce.

A un año de iniciada la presidencia de Claudia Sheinbaum, México vive un acontecimiento de siglos: por primera vez una mujer conduce los destinos de la Nación. Su llegada a Palacio Nacional rompió techos de cristal que parecían indestructibles. No llegó sola: detrás de ella caminan millones de mujeres que sostuvieron al país en silencio desde las cocinas, los campos, las fábricas y las aulas. Su triunfo es también de ellas, de todas las que durante generaciones escucharon que “esto no era para mujeres” y decidieron demostrar lo contrario.

La misma fuerza simbólica late en la capital. Clara Brugada, mujer de barrio y luchadora social, gobierna la Ciudad de México. Su biografía no se escribe en los pasillos del privilegio, sino en los comités vecinales, en los mercados populares, en las colonias que por décadas fueron ignoradas por la política oficial. Que hoy encabece el gobierno de la capital es símbolo de un país que comienza a mirarse desde sus periferias, desde los rincones donde late la vida verdadera.

En Morena, el partido del pueblo, también hay señales de renovación. Luisa Alcalde, joven y comprometida, asumió la dirección nacional. Su presencia envía un mensaje claro: el movimiento no pertenece solo al pasado de lucha, sino también al futuro que ya se abre con las nuevas generaciones.

Y quizá el hecho más trascendente, por lo que significa para la democracia y la justicia, es la llegada de Hugo Aguilar, un hombre indígena, a la presidencia de la Corte. Han pasado 160 años desde que otro indígena, Benito Juárez, encabezara ese mismo poder. Desde entonces, las voces de los pueblos originarios habían sido relegadas, reducidas a lo “folklórico” o a estorbo, invisibilizadas en un país que se negaba a reconocer su raíz indígena. Hoy, esa voz resuena en la más alta tribuna del Poder Judicial. Por primera vez en más de un siglo, la justicia se dicta también desde la mirada de los pueblos que han resistido.

Ese es, quizá, el núcleo más profundo de la Cuarta Transformación: que los que nunca contaron hoy deciden, que los que siempre fueron mirados como “recursos humanos” hoy gobiernan, que los invisibles se hicieron visibles. No se trata únicamente de leyes ni de números. Se trata de que el poder cambió de rostro, de que México ya no se representa solo con el perfil de unos cuantos hombres privilegiados, sino con la pluralidad de mujeres trabajadoras, de juventudes rebeldes, de comunidades indígenas que caminan con dignidad.

Siete años de gobierno son apenas un instante en la larga historia de exclusión. Pero ese instante ha bastado para abrir un camino irreversible. Porque lo que nació de décadas de lucha popular floreció en un pueblo que nunca renunció a soñar. La transformación se sembró en huelgas obreras, en marchas magisteriales, en las asambleas comunitarias, en las manifestaciones estudiantiles, en los movimientos sociales que resistieron en las plazas y en las calles, en la resistencia indígena y en los barrios que aprendieron a organizarse para sobrevivir. Hoy esa semilla germina en las instituciones, en la cultura política y en la memoria colectiva.

Somos pedacitos de historia, fuimos, somos y seremos fragmentos de esa memoria viva; y para hacer de estos pedacitos algo grande, algo realmente grande, es necesario caminar juntas y juntos, con paso firme y sin dejar a nadie atrás.

La historia cambió, sí. Cambió porque México decidió no resignarse y reconoció en su propio pueblo la fuente de toda dignidad. Y cambió para siempre, porque los que antes eran los nadies hoy son protagonistas, los que escriben la historia con su propia voz y sus propios pasos.

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