Deconstrucción patrimonial

Deconstrucción patrimonial

La ciudad es algo vivo, un espacio en el que, en palabras de Kevin Lynch, los seres humanos creamos vínculos y relaciones con los contornos y sus partes en un proceso constante y cíclico. En la ciudad se encuentran insertados elementos culturales que la sociedad ha extraído y valorizado sobre el resto, a esos elementos se les conoce como patrimonio y éste está compuesto, en parte, por objetos físicos de gran relevancia, que son reflejo de la técnica, el arte y la historia de la sociedad que los estima. El patrimonio es depositario de la identidad y la cultura de los pueblos, la cual tiene funciones sociales, es algo indispensable para cualquier desarrollo, sea personal o colectivo.

Pero ¿cómo se construye la cultura y la identidad? Si analizamos algunas posturas académicas encontramos que muchas de ellas coinciden en que la cultura es algo vivo y dinámico, compuesto por elementos heredados, adoptados y creados, reflejo de las sociedades en un determinado espacio y tiempo. No es extraño que las personas sientan el patrimonio como algo propio y tengan íntimos vínculos con el mismo, entonces cuando hay alguna expresión social que amenaza con destruir el patrimonio las reacciones se diversifican.

La pasada marcha feminista —llevada a cabo en todo México— al final cobró relevancia por el actuar de muchos medios de información de amplia difusión, que dejando de lado las legítimas demandas de los grupos de mujeres se centraron en publicar la “violencia” y los daños causados.

Pero el patrimonio es nuestro, y al decir nuestro significa que está sometido a las transformaciones y a las demandas de la sociedad; que las feministas de Ciudad de México hayan elegido el Ángel de la Independencia para plasmar sus demandas no es casualidad, un elemento patrimonial tan relevante en el país se convirtió, a nivel mundial, en un fuerte reflejo de lo que está sucediendo en México: una revolución feminista que clama espacios donde ser escuchada y exige, en primera instancia, justicia para quienes nos la arrebataron; entonces, “sacrificar” patrimonio en pos de la justicia es algo completamente válido, que no debería de dolernos más de lo que nos duelen las vidas ajenas.

El debate es muy amplio y complejo, porque a final de cuentas todas y todos deseamos construir para el bien común, como herencia para quienes nos sucederán. El estallido de las manifestaciones y las formas son comprensibles, sin embargo cabe preguntarnos qué tan sostenibles son en la búsqueda de la resolución de las demandas y la transición hacia una sociedad menos machista y misógina, más igualitaria en todos los sentidos.

Martha Cajigas Heredia. Maestra en Desarrollo Regional por el CIAD, A.C. Actualmente se desempeña en áreas relacionadas
con políticas y programas federales para el desarrollo.

@marthacajigas

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