Contra el lenguaje "correcto"

Supongamos que quiero abrir un restaurante en Times Square en Nueva York, donde llega gente de todo el mundo. Lo más sensato sería basar el menú en cosas simples como pasta y pollo, y tal vez no sería tan exitoso servir comida yucateca, muy picante y sazonada. El hecho de que la pasta y el pollo se vendan mejor —por ser más conocidos, por ser más insípidos, por apelar menos a los gustos adquiridos, o por la razón que se quiera— los convierten en una comida práctica para la situación que describo, pero nadie en su sano juicio diría que la pasta y el pollo son la comida correcta, o lo que todo el mundo debe comer, y que la comida yucateca es, en contraste, comida incorrecta, o que comer comida especiada es no saber comer.

Con toda la cautela que merece la analogía, me atrevo a decir que con el lenguaje sucede algo parecido. En ciertas situaciones discursivas, como el discurso académico, el periodístico o el literario, donde se apela a audiencias más o menos grandes, se recurre a una variedad de lengua desprovista —en lo posible— de sabor local, a una forma de hablar que se apegue a ciertas normas “neutras”. Le llamamos lengua estándar y tiene por sello no ser la lengua nativa de nadie. Se le aprende en la escuela, se le rige conscientemente y se sanciona por medio de gramáticas, diccionarios, manuales —y últimamente también cuentas de Twitter—, avalados por órganos dedicados a ello (las famosas Academias). En contraste quedan las variedades regionales y sociales de la lengua, es decir, el español real que aprendemos de nuestros padres, el que delata nuestro origen y nuestra clase. Es el español que no se escoge y no se controla conscientemente, el idioma de los amigos, el de la mesa, el de las bromas, el de las anécdotas, el llamado vernacular, el adquirido en la casa. Hablar nuestra variedad nativa de español no nos hace incultos. Dominar las normas del estándar no nos hace más inteligentes ni más autorizados.

Hace muchos años, Rosina Lippi Green escribió que detrás del mito del lenguaje correcto está la creencia de que “la gente común no es suficientemente inteligente o suficientemente consciente como para hacerse cargo de algo tan importante como el lenguaje; que debe haber expertos, gente a cargo, autoridad estructurada”. Si a usted le parece que esta manera de ver el lenguaje se asemeja mucho a la manera en que algunos ven la política (“es cosa de técnicos, no de gente común e ineducada”), le aseguro que no es una mera coincidencia.

 

Violeta Vázquez-Rojas. Lingüista. Estudia la gramática del purépecha y del español. Interesada en divulgar la ciencia del lenguaje y en desterrar algunos mitos y prejuicios acerca de las lenguas, de las palabras y de sus usos. 

@violetavr

Otros textos de la autora:
-«Naco»
-El lenguaje incluyente no es un lenguaje

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