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La lengua nos rodea por todos los flancos. Donde quiera que vayamos nuestros encuentros serán lingüísticos, pues no hay interacción en la que no medie la lengua. Pensar que podríamos encontrar un espacio con presencia humana que no cuente con hablantes (con notables excepciones) merece ese magistral adjetivo que utilizaba Marx en El Capital: robinsonada. Esta situación obliga al lingüista a escuchar atentamente lo que esos hablantes hacen con su lengua más allá de comunicarse; mientras que, a la par, lo invita a posicionarse respecto a lo que escucha, pues la lingüística es partícipe de la subjetividad desde la que se construyen las ciencias sociales, según la cual el investigador es sujeto y objeto de estudio al mismo tiempo.

Comienzo mi primera participación en lo que espero será una fructífera colaboración con El Soberano con estas precisiones que son necesarias para establecer lo que, a mi parecer, es esta disciplina llamada lingüística, para así dejar clara la línea que seguirán los textos que presentaré aquí quincenalmente.

La lengua, en tanto fenómeno social, es intersubjetiva, pues la gramática (ese intrincado sistema de relaciones jerárquicas que permite la codificación de información y la comunicación) es sólo una posibilidad, una aspiración que en cada emisión puede ser burlada por quienes la utilizan. Este hecho tiene, al menos en el discurso, una amplia aceptación en la lingüística; tengo la certeza de que todos los lingüistas estamos convencidos de que nuestra tarea no es dictar cómo debe usarse la lengua, sino explicar la manera en que los hablantes la utilizan. A pesar de ello, cierto temas, como la enconada discusión en torno al llamado ‘lenguaje incluyente’, ponen el dedo en una herida casi invisible en nuestra disciplina, pues a pesar de que nadie dudaría del valor descriptivo de la lingüística, un gran número de académicos tienden a calificar de errores, falacias o desviaciones (léxico que, por cierto, no tiene nada de ‘objetivo’) las diferentes estrategias lingüísticas empleadas para visibilizar las identidades sexogenéricas diversas. Esto es solo un ejemplo de contradicciones dentro de nuestro quehacer.

Me parece que el problema subyacente a esta y otras discusiones se encuentra en el hecho de que los lingüistas contemporáneos no se identifican, antes que otra cosa, como hablantes de una comunidad lingüística específica que tiene intereses particulares y que se encuentra rodeada de otras comunidades. Así visto, la discusión no está relacionada con la lengua ni con la lingüística, sino con los lingüistas.

Convencido como estoy de que la mejor manera de acercarse a temas como el ‘lenguaje incluyente’, a las políticas y a la planificación lingüística e incluso al estudio de la gramática implica que quien lo hace establezca claramente el espacio desde donde enuncia su investigación y los intereses que tiene al desarrollarla, las colaboraciones posteriores en este espacio se enunciarán desde una lingüística comprometida con quienes han sido marginalizados de nuestro paisaje lingüístico, ese que se encuentra presente alrededor nuestro a cada paso que damos.

Mauro Mendoza. Doctorante de lingüística por la UNAM y, mientras le sigan dando contrato, profesor de asignatura de la Facultad de Filosofía y Letras. Está interesado en la historia de la lengua española y en el contacto de lenguas en el área mesoamericana. También aborda la sintaxis y semántica del náhuatl, así como las relaciones establecidas entre los hablantes de español y el náhuatl a través de la escritura durante el periodo colonial.

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