Por: René González
El día que mataron al Che siempre llueve. En la memoria colectiva de los movimientos populares de América latina y el mundo, cada 9 de octubre -desde 1967- es una estación recurrente para la reflexión y el duelo. No es casualidad que los cielos de otoño sean abrazados por tibios aguaceros y lunas infinitas.
Paco Ignacio Taibo contó en su libro Ernesto Guevara, también conocido como el Che que:
“el poeta Paco Urondo, quien habría de morir años más tarde asesinado por los militares argentinos, escribió al conocer la muerte del Che desde Buenos Aires: Durante una semana lloverá ininterrumpidamente y los menos crédulos, o los no supersticiosos, pensarán que es una casualidad, una mera casualidad: que es un poco excepcional lo que está ocurriendo, pero fortuito. Los amigos van llegando cada vez más mojados, esta vez se largó en forma este tiempo de porquería. Pero las conjeturas esta vez no son a la porteña, es decir, no se habla de la humedad y las calamidades que desencadena: ni del hígado, esta vez se conjetura de otra manera, no hay serenidad, hay silencio.”
Paradójicamente, al morir sosteniendo con firmeza sus ideales, el Che Guevara encarnó la universalización de la utopía revolucionaria, no solo por la memorable foto de boina, estrella roja y barba de Albero Korda (que lo plasmó como eterno joven rebelde), sino por la congruencia de convertir su propio destino en emblema de la búsqueda del hombre nuevo -aquel que no se rinde ante la opresión, ni se acomoda en las mieles del establishment, y que permanece de pie hasta remontar la adversidad-. Victorioso en la Revolución Cubana, Ernesto Guevara saltó del campo de batalla al Ministerio de Economía, donde firmó los billetes de circulación nacional con un simple “Che” para luego volver a la trinchera en algún lugar del mundo.
La congruencia entre teoría y práctica lo llevó a adentrarse en la lucha de otros pueblos de África y América. En la Asamblea de las Naciones Unidas en 1964, Guevara expresó: “me siento tan patriota de Latinoamérica, de cualquier país de Latinoamérica, como el que más, y en el momento en que fuera necesario estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica, sin pedirle nada a nadie, sin exigir nada, sin explotar a nadie”.
Convencido de ser ciudadano del mundo y de lograr transpolar la teoría del foco revolucionario, el Che Guevara se aventuró en Bolivia en noviembre de 1966 bajo la identidad de un uruguayo llamado Adolfo Mena González, para iniciar su último intento guerrillero con la vana esperanza que campesinos, indígenas y militantes del Partido Comunista Boliviano se sumaran a la insurrección.
La guerrilla de Ñancahuazú enfrentó la ausencia de condiciones objetivas para la revolución. La principal de ellas fue la incomprensión de las bases sociales a las que pretendía motivar. Los primeros días de octubre de 1967 doscientos “Rangers” entrenados por la CIA y el ejército estadounidense cazaron y cercaron a Guevara y 16 insurgentes. Eduardo Galeano refirió: “acosados por el hambre, abrumados por la geografía, los guerrilleros dan vueltas por los matorrales del río Ñancahuazú. Pocos campesinos hay en estas inmensas soledades; y ni uno, ni uno solo, se ha incorporado a la pequeña tropa del Che Guevara. Sus fuerzas van disminuyendo de emboscada en emboscada”.
En esas condiciones, el Che Guevara intentó una ruta de repliegue táctico. El 7 de octubre los guerrilleros bajaron por un desfiladero abrupto hacia el río. Esa noche, el Che realizó la última anotación de su diario: “salimos los 17 con una luna muy pequeña y la marcha fue muy fatigosa y dejando mucho rastro por el cañón donde estábamos, que no tiene casas cerca, pero sí sembradíos de papa regados por acequias del mismo arroyo. A las 2 paramos a descansar, pues ya era inútil seguir avanzando”.
El 8 de octubre, los 17 guerrilleros fueron sorprendidos por los “Rangers” en la Quebrada del Yuro. Luego de tres horas de combate, el Che resultó herido en una pierna y fue capturado. Un día después, en una anquilosada escuela en La Higuera, Bolivia, aproximadamente a las 12:45, el sargento Mario Terán descargó su carabina M1 contra Ernesto Guevara de la Serna, cegando su vida para siempre.
Habitualmente, el cuerpo de un combatiente enemigo es devuelto por humanidad a su familia. No fue así con el Che. El general retirado Gary Prado, quien dirigió el batallón del ejército boliviano, confesó: "La orden fue desaparecer los restos para que no haya lugar de peregrinaje. Un lugar donde vengan los adoradores del Che a hacerle sus homenajes".
El cadáver del Che fue mostrado a la prensa como un trofeo mientras yacía en una pileta. Contrario a ese macabro acto organizado por el intervencionismo yanqui, el Che mutó en alegría, rebeldía, canciones, libros, épicas, historia y horizontes. Resucitó como lo ha llamado Paco Taibo: “en un cristo laico”.
Los involucrados en su asesinato lograron su desaparición física pero no histórica. El 28 de junio de 1997, cerca al cementerio de Vallegrande, una máquina excavadora del equipo cubano que buscaba sus restos impactó con una osamenta. Se removió la tierra con las manos, el uniforme del Che vio la luz nuevamente casi 30 años después. Fue trasladado a su actual mausoleo en Santa Clara, Cuba, punto natural de reencuentro de soñadores de revoluciones pospuestas.
Desde su muerte, el Che ha sido símbolo de colectivos, organizaciones y movimientos independientes, y sinónimo de resistencia, dignidad y coherencia inquebrantable. No había transcurrido ni un año de su partida cuando en las manifestaciones estudiantiles previas al 2 de octubre de 1968, ya ilustraba su imagen mantas y carteles de las escuelas participantes.
Durante la huelga de 1999-2000 de la UNAM, un estudiante pintó un mural monumental del Che en la pared frontal del auditorio que lleva su nombre en Ciudad Universitaria. Fue ocultado con pintura color crema cuando la Policía Federal Preventiva entró a desalojar las instalaciones el 6 de febrero del 2000.
En el aniversario de su muerte, recordamos al Che Guevara también desde su gusto por el futbol: "Me atajé un penal que va a quedar para la historia de Leticia" contaba Ernesto cuando todavía no era el Che. En 1952 a orillas del río Amazonas, en Leticia, Colombia, conoció a Alfredo Di Stefano; fue entrenador de futbol y portero (posición que, como asmático, le favorecía para poder jugar dada la escasa movilidad física que requiere estar bajo los tres palos).
@renegonzalez12
Licenciado en Historia y ex Consejero Universitario de la UNAM. Ha sido Director General de Educación Básica, Coordinador del Programa SaludArte y Director Zonal de Jóvenes Construyendo el Futuro. Fundador del Centro Integrador para el Migrante "Leona Vicario”, Cd. Juárez, Chihuahua. Autor del libro Crónicas de un militante.



