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Hidalgo 1988

El estado de Hidalgo se ha encontrado, permanentemente, entre las entidades con mayor índice de pobreza y rezago. Ha habido una disminución que podría analizarse desde muchos puntos, pero no deja de ser un estado pobre. Es, entonces, una réplica del país (aunque en minúsculo) que permitió el enquistamiento político de un régimen que nunca ha servido para construir bienestar, pero sí para dejar dividendos a unos cuantos. Hidalgo es un laboratorio vivo de lo que significa el priismo: pobreza y viejos vicios políticos creados precisamente desde las cúpulas de ese partido.

El 18 de octubre de 2020 quedará en la historia como el día en que el viejo dinosaurio retomó el aliento en uno de sus bastiones que yacían adoloridos, pero no terminados; la jornada en la que se volvió a utilizar al Estado para asegurar “triunfos electorales”; el día de los cacicazgos disfrazados (o no) operando al servicio de los privilegiados, y la fecha en que la violencia intimidó a la ciudadanía que vio amenazada su seguridad y prefirió no salir a ejercer su voto. Pasará como el retorno del abstencionismo que tanto daño ha hecho a la democracia mexicana y que tanto beneficio ha traído a un grupo reducido que decide el futuro de la mayoría.

El actuar generalizado de los elementos cotidianos que tiene el priismo no se borran nunca -incluso en la elección de 2018- solo que, a diferencia del triunfo obradorista, cuando la gente salió a votar y no hubo quien detuviera el ímpetu, en Hidalgo revivimos todas las artimañas para evitar la afluencia de la ciudadanía a las urnas: desde grupos de choques merodeando las urnas hasta personas encapuchas y armadas, pasando por el perifoneo pidiendo a la gente que no saliera a votar por los altos índices de contagio, el volanteo con avionetas desprestigiando a los y las demás candidatas, las amenazas y la intimidación. Los actos lamentables como los ocurridos en Huichapan (donde fueron privados de su libertad, golpeados y abandonados a su suerte dos compañeros y una compañera brigadista en un tramo carretero lejano), la compra del voto y la utilización de programas estatales para manipular la voluntad son elementos del estilo priista anacrónico cuya función es acabar con la idea poder transformar al estado a través de procesos democráticos limpios. Sin embargo, la ambición de un sector hidalguense se ha impuesto nuevamente sobre el bienestar de la mayoría. Al priismo le duele la participación ciudadana y hace todo lo posible por contenerla.

Elección de Estado, así podríamos definir lo ocurrido en Hidalgo. El despliegue de los elementos materiales y humanos para asegurar el “triunfo” fue impresionante, con la complacencia del Instituto Estatal Electoral, que ha demostrado su incapacidad en reiteradas ocasiones y su inclinación por la obediencia hacia el ejecutivo. Muy al estilo del priismo anacrónico, el sistema vuelve a fallar; el cómputo presenta fallas en las casillas que no le favorecen, como en Pachuca y Mineral de la Reforma. No hubo elecciones limpias en Hidalgo, el IEEH lo sabe, el INE también y sobre todo la ciudadanía está consciente. Se permitió mucho al partido en el poder que sigue controlando las instituciones; a esto se refería el Presidente cuando lanzó aquel grito verdadero “al diablo con sus instituciones”: esas que permiten los fraudes, los delitos y que laceran la democracia.

Vienen momentos sumamente complicados para los y las hidalguenses y para el gobierno federal que sigue encontrando en el servilismo del gobernador una falsa careta de apoyo. Vendrá la reflexión colectiva y la reorganización social tan necesaria para enfrentar el 2021 con miras a profundizar la Cuarta Transformación y afianzarla en nuestro estado a pesar de todo.
 

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