En el corazón de Querétaro, un viejo barrio alzó la voz contra una amenaza que avanza silenciosa pero implacable: la gentrificación. Cerca de 200 vecinos de San Francisquito —o “San Pancho”, como lo llaman quienes han vivido ahí por generaciones— salieron a las calles este fin de semana para exigir que su historia, cultura e identidad no sean desplazadas por la especulación inmobiliaria y el negocio fácil de unos cuantos.
La protesta no fue una marcha cualquiera. Músicos, danzantes y “concheros” llenaron de tambores, plumas y colores las avenidas Pasteur e Ignacio Zaragoza, a la altura del parque Miguel Hidalgo. En medio de este nudo vial convertido en escenario de resistencia, se realizaron danzas rituales indígenas, recordando que San Pancho no es solo un barrio: es memoria viva.
La manifestación fue convocada por los propios vecinos, encabezados por personas como don Julio, quien resume el sentimiento común: “No es progreso, es despojo”. Detrás de esas palabras está una realidad que ha transformado el día a día de la comunidad. En pocos años, el precio de las rentas de casas y locales se ha triplicado, empujando fuera a familias que llevan décadas —y hasta generaciones— viviendo aquí.
Negocios con 50, 70 y hasta 80 años de historia han bajado la cortina para dar paso a cafés boutique, bares de diseño y comercios pensados para un público ajeno al barrio. Lo que algunos llaman “modernización” es, para los habitantes, una pérdida gradual de su identidad indígena y popular.
Durante la marcha, las consignas resonaban entre las calles del Centro Histórico: “San Pancho no se vende, se ama y se defiende”. La movilización no se limitó a los vecinos: colectivos feministas, activistas por la libertad de Palestina, grupos LGBT y organizaciones sociales se sumaron a la causa, evidenciando que la lucha contra la gentrificación es también una lucha contra el despojo en todas sus formas.
El bloqueo de las avenidas generó congestionamiento vial, pero para los manifestantes, ese era un precio pequeño comparado con lo que está en juego: la supervivencia de su barrio, su historia y su derecho a permanecer en el lugar que llaman hogar.
San Pancho ha dado el primer paso para frenar una tendencia que ya ha borrado la esencia de otros barrios históricos en México. En Querétaro, la defensa del territorio ya no es un tema invisible.



