La promesa de “libertad absoluta” que enarbola el discurso libertario se enfrenta hoy a una realidad contundente: la intención de llevar el IVA en Argentina a un 29%, uno de los impuestos más regresivos del mundo. Lejos del relato que presenta al Estado como un parásito y a los contribuyentes como víctimas de una maquinaria burocrática, esta propuesta expone que, bajo el modelo libertario, la carga económica termina cayendo de manera abrumadora sobre quienes menos tienen. Subir el IVA —que afecta por igual a multimillonarios y trabajadores en cada producto básico— implica un golpe directo al consumo de los hogares que viven al día, mientras las grandes fortunas y corporaciones reciben alivios fiscales con el argumento de “atraer inversión”.
El discurso contra la “casta” también queda en evidencia. Aunque el relato oficial asegura que el ajuste recaerá sobre la política, la estructura del IVA demuestra lo contrario: no son los funcionarios ni las élites quienes resentirán un impuesto del 29% en la canasta básica, sino las familias trabajadoras. La medida se presenta como un reemplazo de otros gravámenes para “mejorar la eficiencia”, pero en economías altamente concentradas, los empresarios no trasladan a la baja las reducciones de impuestos, mientras que los incrementos al consumo se aplican de inmediato. El resultado es previsible: mayores márgenes para el sector privado y mayor sacrificio para el ciudadano común.
El trasfondo es claro: el libertarismo no representa una liberación del individuo frente al Estado, sino un desmantelamiento deliberado de la red pública de protección, donde la salud, la educación e incluso la alimentación quedan sujetas a la lógica del mercado. Un IVA al 29% sintetiza esa filosofía: un modelo donde la “libertad” se reduce a la capacidad de pago y donde el costo del ajuste cae, como siempre, sobre quienes menos pueden soportarlo.



