El Partido Revolucionario Institucional (PRI) atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia reciente. En apenas dos años, el tricolor perdió cerca de un tercio de su militancia, confirmando un proceso de desgaste que ya no se puede ocultar ni con discursos ni con victimización.
De acuerdo con datos oficiales del Instituto Nacional Electoral (INE), el padrón priista pasó de un millón 411 mil 889 afiliados en agosto de 2023 a apenas 911 mil 69 en la actualidad. Es decir, más de medio millón de personas decidieron darle la espalda a un partido que durante décadas se asumió como maquinaria electoral invencible.
La caída no se detiene. A finales de 2024, el PRI aún presumía 940 mil militantes, pero en solo unos meses perdió casi 30 mil más, mientras decenas de nuevas organizaciones buscan registro como partidos políticos y compiten por una afiliación ciudadana que el tricolor ya no logra retener.
Frente a este escenario, la dirigencia nacional optó por el libreto conocido: culpar a factores externos. Alejandro Moreno, líder del PRI, habló de presuntas amenazas contra militantes y denunció un ambiente adverso, sin explicar por qué la desbandada ocurre incluso en estados donde antes era hegemónico.
El contraste es contundente. Entidades que fueron bastiones históricos del priismo, como Baja California Sur y Morelos, hoy registran menos de mil afiliados. Solo en algunos estados, como Coahuila y el Estado de México, el partido conserva una presencia relativa.
Los números son claros: más que una crisis coyuntural, el PRI enfrenta un agotamiento profundo. Y esta vez, ni las excusas ni los señalamientos logran frenar su caída.



