El estreno mundial de Scream 7 se vio eclipsado por manifestaciones fuera de los estudios de Paramount en Los Ángeles, donde activistas pro-Palestina denunciaron el despido de Melissa Barrera. La actriz fue eliminada del elenco por comentarios en Instagram sobre la guerra entre Israel y Hamas, que el estudio consideró antisemitas. Afuera del estudio, los manifestantes coreaban consignas, tocaban tambores y desplegaban pancartas exigiendo boicotear Paramount+ y denunciando una supuesta “lista negra” de actores críticos a Israel.
El boicot fue encabezado por grupos como Entertainment Labor for Palestine, CODEPINK LA, Musicians for Palestine y Jewish Voice for Peace-Los Angeles, mientras Barrera reaccionaba con un simple “Te veo” y un corazón rojo en sus redes. La protesta dejó en evidencia que, más allá de la alfombra roja y las luces de Hollywood, el conflicto internacional y la censura mediática generan un rechazo masivo que ninguna producción puede ignorar.
El despido de Barrera provocó un efecto dominó: la coprotagonista Jenna Ortega y el director original Christopher Landon abandonaron el proyecto, argumentando que la película ya no existía sin ella. Esto obligó a Kevin Williamson a asumir la dirección y a rehacer el guion, con un costo adicional aproximado de 500 mil dólares. La polémica demuestra cómo la presión política y mediática puede alterar por completo un proyecto cinematográfico y poner en jaque a grandes estudios.
Paramount y Spyglass Media Group defendieron su decisión alegando tolerancia cero ante el antisemitismo y la incitación al odio, incluyendo referencias falsas al genocidio o la limpieza étnica. Sin embargo, las protestas y el boicot señalan un debate mayor: ¿Hollywood está dispuesto a silenciar voces críticas por miedo a represalias políticas o financieras? Mientras tanto, el estreno de Scream 7 continúa, pero la polémica deja claro que la verdadera historia se juega fuera de la pantalla.
El estreno mundial de Scream 7 se vio eclipsado por manifestaciones fuera de los estudios de Paramount en Los Ángeles, donde activistas pro-Palestina denunciaron el despido de Melissa Barrera. La actriz fue eliminada del elenco por comentarios en Instagram sobre la guerra entre Israel y Hamas, que el estudio consideró antisemitas. Afuera del estudio, los manifestantes coreaban consignas, tocaban tambores y desplegaban pancartas exigiendo boicotear Paramount+ y denunciando una supuesta “lista negra” de actores críticos a Israel.
El boicot fue encabezado por grupos como Entertainment Labor for Palestine, CODEPINK LA, Musicians for Palestine y Jewish Voice for Peace-Los Angeles, mientras Barrera reaccionaba con un simple “Te veo” y un corazón rojo en sus redes. La protesta dejó en evidencia que, más allá de la alfombra roja y las luces de Hollywood, el conflicto internacional y la censura mediática generan un rechazo masivo que ninguna producción puede ignorar.
El despido de Barrera provocó un efecto dominó: la coprotagonista Jenna Ortega y el director original Christopher Landon abandonaron el proyecto, argumentando que la película ya no existía sin ella. Esto obligó a Kevin Williamson a asumir la dirección y a rehacer el guion, con un costo adicional aproximado de 500 mil dólares. La polémica demuestra cómo la presión política y mediática puede alterar por completo un proyecto cinematográfico y poner en jaque a grandes estudios.
Paramount y Spyglass Media Group defendieron su decisión alegando tolerancia cero ante el antisemitismo y la incitación al odio, incluyendo referencias falsas al genocidio o la limpieza étnica. Sin embargo, las protestas y el boicot señalan un debate mayor: ¿Hollywood está dispuesto a silenciar voces críticas por miedo a represalias políticas o financieras? Mientras tanto, el estreno de Scream 7 continúa, pero la polémica deja claro que la verdadera historia se juega fuera de la pantalla.



