Cuauhtémoc Blanco volvió a demostrar que su arrogancia no tiene límites ni respeto por las mujeres ni por la institucionalidad: mientras la diputada Martha Aracely Cruz Jiménez denunciaba un acto de acoso durante la conmemoración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el ex futbolista le lanzó un beso burlón, minimizando la gravedad de sus acciones y recordando que para algunos hombres las diputadas siguen siendo terreno de burla.
La legisladora del PT no se quedó callada y dejó en claro que este tipo de agresiones no son juegos: el gesto de Blanco constituye una forma de violencia simbólica y sexual que reproduce patrones de revictimización y cosificación machista que no podemos permitir en nuestras instituciones. Su intervención firme subraya que callar sería convalidar, y que nadie, ni siquiera un ex gobernador convertido en diputado, tiene derecho a invadir el espacio de las mujeres.
La queja ya fue turnada al Comité de Ética de la Cámara de Diputados, que se estrenará con este caso, pero más allá de los procedimientos formales, el acto de Blanco evidencia la persistencia de una cultura machista que amenaza la integridad y la seguridad de las legisladoras. Su burla pública no solo desautoriza su papel como servidor público, sino que muestra el desprecio por la ley, la ética y la dignidad de quienes representan al Pueblo.
Mientras algunos políticos siguen buscando impunidad y se creen por encima de la ley, el mensaje de Cruz Jiménez y de las diputadas que la respaldan es claro: la violencia y el acoso no se toleran, y quienes lo cometen deben rendir cuentas. Este episodio deja en evidencia que el Congreso necesita más compromiso con la igualdad y la protección de las mujeres, y menos protagonismo de personajes que confunden su popularidad con inmunidad.


