Mette Frederiksen, primera ministra de Dinamarca, se ha consolidado como una de las líderes más firmes de Europa al plantarse frente a Donald Trump y frenar sus intentos de apoderarse de Groenlandia. En un contexto de amenazas abiertas, presiones económicas y retórica imperial, Frederiksen optó por una estrategia poco común frente a Washington: no ceder, no adular y no titubear. Su mensaje fue claro desde el inicio: la soberanía de Groenlandia es una línea roja.
Mientras Trump escalaba el tono, Frederiksen activó una defensa política e internacional cuidadosamente calculada. Coordinó posiciones con líderes europeos, involucró a aliados de la OTAN y dejó claro que cualquier intento de imponer soberanía estadounidense tendría un costo diplomático y geopolítico enorme. Esta firmeza contribuyó a que Trump moderara su discurso en Davos, donde aseguró que no usaría la fuerza, evidenciando que la presión internacional sí funciona cuando hay liderazgo.
Lejos de actuar desde el nacionalismo vacío, Frederiksen sostuvo su postura con legitimidad política y respaldo social. En Dinamarca, su defensa de Groenlandia fortaleció su imagen como jefa de Estado, elevó el apoyo a su gobierno y la posicionó rumbo a un posible tercer mandato. Para muchos daneses y groenlandeses, su actuación representó la defensa de la dignidad nacional frente a una potencia acostumbrada a imponer condiciones.
El caso de Groenlandia dejó una lección clara en la política global: incluso frente a figuras como Trump, la firmeza, la claridad y la coordinación internacional pueden frenar el abuso de poder. Mette Frederiksen no buscó el conflicto, pero tampoco aceptó la intimidación. En tiempos de liderazgos estridentes, su estrategia demostró que la templanza también puede ser una forma de resistencia.




