Ciudad de México a 2 febrero, 2026, 23: 23 hora del centro.
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Al fascismo no se le discute…

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Una mañana me he despertado,

y he descubierto al invasor…

 

En la historia contemporánea, pocas figuras han generado tanta animadversión como Donald Trump. Desde su irrupción en la política estadounidense, su estilo confrontativo y su discurso cargado de exclusión han sido objeto de debate. Sin embargo, en los últimos meses, las actitudes del actual presidente han encendido alarmas más profundas: analistas, medios y ciudadanos han comenzado a señalar que sus gestos y palabras no se limitan al populismo, sino que evocan ecos del fascismo clásico. La reacción de la opinión pública ante estas actitudes ha sido diversa, intensa y, sobre todo, reveladora del momento crítico que atraviesa la democracia estadounidense.

Historiadores y politólogos han advertido que el discurso de Trump se acerca peligrosamente a patrones autoritarios. Federico Finchelstein, especialista en fascismo, ha subrayado que el expresidente recurre a narrativas de victimización nacional y a la glorificación de la violencia como redención, elementos centrales del fascismo del siglo XX. Por su parte, la escritora Siri Hustvedt ha señalado que lo que representa Trump no es conservadurismo, sino un “nuevo tipo de fascismo” que se alimenta del culto a la pureza, la unidad y la violencia redentora.

Los medios de comunicación internacionales, que durante años evitaron el término “fascismo” para describir sus prácticas, ahora lo utilizan abiertamente. Editoriales en periódicos europeos y latinoamericanos han advertido que la normalización de estas actitudes erosiona las instituciones democráticas y abre la puerta a un futuro de represión y división. La prensa estadounidense, aunque más cauta, también ha comenzado a reconocer que el trumpismo no puede analizarse únicamente como populismo, sino como un fenómeno que amenaza directamente la democracia.

La respuesta internacional ha sido igualmente contundente. En América Latina, Trump ha generado polémica al amenazar con sancionar a Brasil por los procesos judiciales contra Jair Bolsonaro, interpretado como una defensa de líderes con tendencias autoritarias. En Europa, analistas y políticos advierten que la fragilidad democrática en Estados Unidos tendría repercusiones directas en la estabilidad de la OTAN y en el equilibrio global. La prensa europea ha recordado que el fascismo no surge de la nada, sino de la complacencia frente a discursos que prometen orden a costa de libertades.

Incluso en organismos multilaterales, se ha expresado preocupación por el impacto que un Estados Unidos debilitado en su institucionalidad podría tener en la cooperación internacional. La idea de que la principal potencia mundial pueda deslizarse hacia un modelo autoritario genera incertidumbre en temas tan diversos como la seguridad global, el comercio y la lucha contra el cambio climático.

La sociedad civil estadounidense no ha permanecido en silencio. Organizaciones de derechos humanos, colectivos ciudadanos y movimientos juveniles han intensificado campañas para denunciar el peligro de aceptar como “normal” la retórica de Trump. En ciudades como Nueva York, Washington, Los Ángeles, y recientemente en Minneapolis se han registrado protestas multitudinarias en las que miles de personas exigen frenar el avance de lo que consideran un proyecto autoritario.

Estas manifestaciones no solo buscan visibilizar el rechazo, sino también recordar que la democracia requiere participación activa y vigilancia constante. Los lemas que se escuchan en las calles —“No al fascismo”, “Defendamos la democracia”— reflejan la conciencia ciudadana de que el silencio frente a discursos autoritarios puede ser el primer paso hacia su consolidación.

Dentro del Partido Republicano, las actitudes de Trump han generado una profunda división. Mientras algunos sectores se mantienen fieles a su liderazgo, otros advierten que seguirlo sin cuestionar sus gestos autoritarios podría llevar al país a un “destino muy oscuro”. Los republicanos moderados han comenzado a expresar públicamente su preocupación, aunque enfrentan la presión de una base electoral que sigue respaldando al presidente con fervor.

El Partido Demócrata, por su parte, ha intensificado su discurso en defensa de las instituciones y ha buscado alianzas con sectores republicanos críticos para contener lo que consideran una amenaza existencial para la democracia estadounidense. La tensión política interna refleja que el trumpismo no es solo un estilo de liderazgo, sino un fenómeno que redefine las reglas del juego democrático.

La opinión pública, tanto nacional como internacional, ha respondido con una mezcla de alarma y resistencia ante los gestos fascistas de Trump. Lo que está en juego no es únicamente el futuro político de un líder, sino la salud de la democracia más influyente del mundo. La historia enseña que el fascismo prospera cuando se minimizan sus señales; hoy, la reacción crítica de ciudadanos, académicos y medios es un recordatorio de que la democracia requiere vigilancia constante y valentía para enfrentar a quienes buscan debilitarla desde dentro.

En este contexto, la pregunta no es si Trump logrará consolidar su proyecto autoritario, sino si la sociedad estadounidense y la comunidad internacional tendrán la capacidad de resistirlo y defender los valores democráticos que, aunque frágiles, siguen siendo la base de la convivencia global.

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