Mientras México discute soberanía, democracia y rumbo nacional, un bloque de la oposición moralmente derrotada vuelve a mostrar su verdadero rostro: alinearse sin pudor a los intereses de Washington, aunque eso implique desacreditar al país y repetir el libreto del intervencionismo extranjero.
Entre ellos destaca Francisco García Cabeza de Vaca, exgobernador de Tamaulipas por el PAN, acusado por la Fiscalía General de la República de delincuencia organizada y lavado de dinero, con procesos abiertos, órdenes de aprehensión solicitadas y una larga lista de señalamientos por presuntos vínculos con redes criminales durante su gestión. Hoy, prófugo de la justicia mexicana, intenta reciclarse políticamente desde el extranjero, atacando al Estado mexicano y presentándose como “perseguido político” ante actores estadounidenses.
A su lado aparece Tania Larios, diputada local plurinominal del PRI, producto del reparto cupular y no del voto ciudadano. Su papel ha sido el de vocera disciplinada de la vieja clase política, replicando discursos que minimizan la soberanía nacional y amplifican narrativas externas contra el gobierno mexicano, sin aportar una sola propuesta en favor del país.
Completa el tridente Raúl Torres, legislador panista radicado en Estados Unidos, conocido por litigar políticamente contra México desde el extranjero, celebrar presiones internacionales y promover resoluciones y discursos que colocan a Washington como juez de la vida pública mexicana. Además de burlarse de la comunidad mexicana migrante (que dice representar) en los Estados Unidos, utilizando el baile de Trump en el Congreso de la CDMX como símbolo de superioridad. Un comportamiento que para muchos raya en el entreguismo y la renuncia abierta a la autodeterminación nacional.
No es casualidad. Le aprendieron bien a Alejandro “Alito” Moreno y a Lilly Téllez: descalificar a México en foros internacionales, exagerar crisis, mentir sobre autoritarismo y ponerse de tapete ante intereses ajenos, con la esperanza de que la presión externa les devuelva el poder que perdieron en las urnas.
Lo que une a este grupo no es una visión de país, sino el desprecio por la soberanía, la nostalgia por el viejo régimen y la apuesta por la tutela extranjera como estrategia política. Una derecha sin proyecto, sin pueblo y sin patria.


