Por: Frank Aguirre
Cada cierto tiempo, Donald Trump necesita un enemigo externo. Migrantes, México, América Latina, el “socialismo”, el “comunismo”. El guion se repite porque funciona: distrae, polariza y evita una conversación profunda porque mientras Trump agita el miedo hacia afuera, hay un pantano interno que su discurso se niega a drenar: el Pantano Epstein.
El caso Jeffrey Epstein no es una teoría conspirativa ni una provocación ideológica. Es un expediente judicial real que dejó al descubierto redes de abuso sexual, tráfico de personas, encubrimiento y poder en las más altas esferas de Estados Unidos. Y aquí hay un dato que rompe por completo la narrativa trumpista: en las listas de Epstein no hay comunistas, no hay socialistas, no hay gobiernos progresistas latinoamericanos.
Lo que sí aparece —una y otra vez— son hombres blancos, millonarios, conservadores, figuras del gran capital, de la política tradicional, de los medios y de los círculos de poder occidental. Personas que durante décadas se presentaron como guardianes de la moral, defensores de Dios, de la familia y de la libertad, mientras participaban —o callaban— ante uno de los escándalos de abuso más graves de la era moderna.
Esta es la gran hipocresía del discurso trumpista: señalar supuestas amenazas ideológicas externas mientras se protege o se guarda silencio frente a la podredumbre interna de las élites que dice representar.
Cuando el gobierno mexicano presenta una agenda de inversión, estabilidad macroeconómica y fortalecimiento del mercado interno, Trump responde con estigmatización. No porque México sea el problema, sino porque mirar hacia México es más rentable electoralmente que mirar hacia Wall Street, Washington o los clubes privados donde se cocinó el verdadero escándalo. El uso político del miedo no es nuevo. Cuando una sociedad no quiere enfrentar sus propios fantasmas, necesita inventar demonios ajenos. Migrantes, países vecinos, ideologías extranjeras. Todo sirve para no hablar de lo esencial: un sistema donde el dinero compra silencio, el poder compra impunidad y la moral se utiliza como discurso, no como práctica.
El Pantano Epstein revela algo más profundo que un crimen: exhibe un modelo de poder que se auto protege. Un modelo donde las instituciones se mueven lentamente cuando los acusados son ricos, influyentes o políticamente útiles. Un modelo que habla de libertad mientras practica el abuso.
Por eso resulta absurdo —y peligroso— que Trump utilice casos judiciales y crisis internas para estigmatizar a México. No es México quien enfrenta un escándalo de abuso sistemático en sus élites económicas. No es México quien protegió durante años a un depredador sexual por sus conexiones políticas. No es México quien necesita desviar la conversación pública para evitar rendir cuentas.
La realidad es incómoda para el discurso de la derecha estadounidense: el problema no es el comunismo, es el capitalismo sin límites; no es el socialismo latinoamericano, es la élite que se cree intocable.
En las listas de Epstein no hay banderas rojas.
Hay trajes caros.
No hay consignas revolucionarias.
Hay chequeras, poder y silencio.
Y mientras ese pantano no se drene, ningún discurso sobre libertad, democracia o moral tendrá autoridad para señalar a otros pueblos.
Porque antes de acusar al mundo, habría que tener el valor de mirarse al espejo.




