«¡No te juntes con esa chusma!»
Doña Florinda
En el México contemporáneo conviven dos realidades que rara vez coinciden. Por un lado, quienes ven los hechos concretos: mejoras en ingresos y en el acceso a bienes básicos que han modificado la vida cotidiana de amplios sectores de la población;[1] por otro, quienes conviven con una narrativa abstracta donde estos mismos cambios se ridiculizan, se muestran como migajas o dádivas y se vuelven objeto de burla con videos sarcásticos y consignas simples que sustituyen cualquier crítica o análisis objetivo. No son opiniones distintas, son formas incompatibles de validar la experiencia social: una anclada en realidades materiales; otra, un pensamiento mágico que interpreta este fenómeno como una conspiración para poder preservar su identidad de clase.[2]
El conspiracionismo funciona como refugio emocional frente a la incertidumbre, porque ofrece explicaciones sencillas y reconfortantes cuando la experiencia social se vuelve ambigua y compleja. En lugar de asumir la incomodidad del contexto, transforma el desorden percibido en un relato razonable que brinda una falsa sensación de entendimiento y control. Al reducir procesos sociales y políticos a la acción maligna de un enemigo omnipotente, elude el análisis de las causas particulares para así proteger sus prejuicios. Al mismo tiempo, refuerza una identidad colectiva al dividir el mundo entre ellos: “quienes conocen la verdad” y “quienes vivimos engañados”.
En México, la reacción frente a las políticas sociales de la Cuarta Transformación adopta una forma socialmente reconocible: «el síndrome de doña Florinda».[3] No es burla, sino un recurso analítico: admitir que los apoyos gubernamentales funcionan o que sectores históricamente excluidos mejoran, implicaría reconocer que el orden moral que colocaba a unos arriba —por estudios, modales o abolengo— ya no es incuestionable. El desprecio cumple, entonces, una función terapéutica: sostener la identidad. Para preservar su superioridad, doña Florinda descarta la realidad, de la misma manera que las teorías conspirativas son las defensas identitarias que alivian la angustia, provocada en algunos, por el cambio del orden social que puso en marcha la 4T.
Desde esa lógica, la conspiración funciona como relato reparador. Convierte los errores de la Administración Pública —siempre presentes— y las inercias institucionales en una trama catastrofista. Ofrece tres explicaciones simplistas para superar la frustración derivada de su irrelevancia política: una causa perversa —todo es un plan para controlar—, un enemigo identificable —MORENA— y la gratificación de pertenecer al “club de los que no se dejan engañar”.
Así, las estadísticas pasan a ser cifras manipuladas, los reportes del INEGI o el Banco Mundial se consideran farsas y los programas sociales son populistas por definición. Si todo es un engaño, nada merece mejorar. La política real —la que corrige fallas, ajusta programas y amplía derechos— se debilita cuando pierde interlocutores legítimos que renuncian a deliberar con hechos. La honestidad intelectual exige algo tan simple como incómodo: contrastar fuentes, revisar datos, aceptar márgenes de error y distinguir correlación de causalidad. Sin ella, cualquier crítica se convierte en una pose de indignación y el debate público en espectáculo.
Existe, además, un elemento que conviene nombrar sin rodeos: detrás del síndrome de doña Florinda se asoma un clasismo que disfraza con indignación cívica el pánico de la pérdida de privilegios. No discuten la eficacia de las políticas públicas inspiradas en el Humanismo Mexicano[4]; solamente defienden su prestigio social. Negar las mejoras en los sectores históricamente excluidos es una forma de autoengaño para mantener su superioridad simbólica. Y, conforme se reducen las desigualdades, reafirman que México no es para ellos ya que, como doña Florinda, enseñan a sus hijos a despreciar su comunidad y a abandonarla, antes de empeñarse en transformarla.
Es un mecanismo de defensa ideológico. Admitir que “el otro” prospera supone reconocer que la jerarquía social que los situaba por encima de los demás ya no se sostiene.[5] Apelar a que “todo es una conspiración” ofrece una recompensa afectiva inmediata para no cuestionar prejuicios de clase. Se trata de la resistencia psicológica de quienes no toleran que un gobierno popular repare agravios históricos por medios pacíficos.
México ya no se gobierna con la nostalgia de privilegios de clase ni con campañas diseñadas para anular la discusión pública. Se gobierna con resultados. Frente a ellos, la invocación de pensamientos mágicos —de alta visibilidad mediática y baja densidad social— solo produce un estéril lamento burgués. Hoy se impone una ciudadanía organizada y altamente politizada, capaz de sostener una esfera pública de hechos verificables y debate argumentado para ejercer soberanía, procesar conflictos y construir consensos en comunidad, rumbo a un México justo y próspero.
[1] Hallazgos Relevantes del Resumen Ejecutivo ENIGH 2022: Aumento en gasto real per cápita en alimentos: Entre 2020 y 2022, el gasto en carnes y pescados creció 9.3% en términos reales. Pollo como proteína de mayor acceso: Según el análisis de canasta básica del CONEVAL, el pollo aporta 40% de la proteína animal consumida en hogares de menores ingresos, y su participación en el gasto alimentario aumentó en dichos hogares.
[2] El pensamiento mágico aspiracionista niega la realidad social cuando deja de servirle, así como el terraplanista o el antivacunas, estos pensamientos totalizantes, cuando se vuelven dominantes, anulan toda discusión pública.
[3] Mecanismo sociocognitivo mediante el cual sectores que se auto perciben como moral o culturalmente superiores rechazan evidencias de movilidad social ascendente o políticas redistributivas exitosas, para preservar una identidad basada en la distinción jerárquica. Este término tiene sus raíces teóricas en el capital simbólico de Bourdieu, la disonancia cognitiva de Festinger y la teoría del reconocimiento de Honneth.
[4] El Humanismo Mexicano puede sintetizarse en la frase: Por el bien de todos, primero los pobres.




