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Riqueza, desigualdad y el debate pendiente

Durante décadas se repitió una idea sencilla y falsa. Que si la riqueza crecía lo suficiente, tarde o temprano llegaría a todos. Que el problema de la pobreza estaba en la falta de crecimiento. Esa visión sigue siendo defendida por muchos libertarios y economistas de derecha. Sin embargo, la evidencia muestra algo distinto. Durante décadas, en México y en buena parte del mundo, la riqueza sí ha crecido, pero lo ha hecho de forma profundamente desigual.

El World Inequality Report muestra que una parte muy significativa del crecimiento económico mundial de las últimas décadas ha sido capturada por los sectores más ricos. En México, análisis recientes como el informe de Oxfam sobre concentración de riqueza señalan que el 1 % más rico concentra alrededor del 35 % del ingreso nacional y posee cerca del 40 % de la riqueza privada del país.

Pero incluso dentro de ese grupo existe una concentración todavía más extrema. Una fracción diminuta cercana al 0.01 % de la población, apenas unos cuantos miles de personas, concentra una parte muy significativa de esa riqueza acumulada. Conviene dimensionarlo con calma. En ese porcentaje no está quien tiene una pequeña empresa, ni quien gana 50 mil pesos al mes, ni buena parte de los profesionistas que viven de su trabajo.

Si tu ingreso depende de tu salario y no puedes dejar de trabajar para vivir de tus rentas, perteneces a la clase trabajadora.

También es cierto que en los últimos años se han producido avances importantes. Entre 2018 y 2024 más de ocho millones de personas salieron de la pobreza según las mediciones oficiales. El salario mínimo ha aumentado de manera histórica, el empleo se mantiene en niveles altos y la inflación no se ha disparado pese a las turbulencias económicas globales. Estos avances muestran que las políticas públicas sí pueden modificar tendencias que antes parecían permanentes.

Aun así el desafío sigue siendo enorme. En México la desigualdad convive con otro problema que rara vez se discute con claridad. Nuestro país es uno de los que menos recauda impuestos entre las economías comparables. De acuerdo con la OCDE los ingresos tributarios de México rondan el 17 % del producto interno bruto mientras que el promedio de los países de esa organización supera el 34 %. A pesar de ello existe la percepción constante de que en México pagamos demasiados impuestos.

La realidad es otra. La mayoría de la población no paga demasiado. El problema es que quienes concentran las mayores fortunas aportan muy poco en proporción a la riqueza que acumulan. En México no pagamos demasiados impuestos. Lo que ocurre es que quienes más riqueza acumulan pagan demasiado poco.

Durante más de cuatro décadas la acumulación de capital en la parte más alta de la pirámide económica ha crecido de manera extraordinaria. Por eso la discusión sobre una reforma fiscal no debería verse como un castigo al éxito, sino como una conversación necesaria sobre cómo sostener un modelo de desarrollo más equilibrado.

Los casi ocho años de la transformación han demostrado que es posible cambiar inercias. La reducción de la pobreza y la recuperación del salario muestran que el rumbo puede modificarse. El reto ahora es profundizar esos avances y cambiar la relación entre la producción de la riqueza, su acumulación y su distribución. Hacerlo no sólo es justo. También puede ser bueno para el crecimiento económico y para los buenos negocios, los que generan riqueza y la distribuyen.

Durante décadas se nos dijo que primero había que generar riqueza y después pensar en distribuirla. La experiencia de los últimos cuarenta años demuestra algo distinto. La riqueza puede crecer mientras la desigualdad también lo hace. Por eso vale la pena abrir una discusión honesta sobre cómo construir un modelo donde el crecimiento y la distribución caminen juntos. Y ese debate inevitablemente pasa por una reforma fiscal que mire hacia arriba, hacia las grandes fortunas milmillonarias.

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