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La narcocultura en México: un espejismo de la realidad

Los hechos ocurridos el pasado 22 de febrero, en los que se le puso fin al legado de “El Mencho”, nos obligan a voltear la mirada hacia algo que durante años hemos preferido normalizar. Más allá de la captura o del golpe mediático, lo que queda es una pregunta incómoda: ¿cómo permitimos que el narcotráfico se convirtiera no solo en un problema de seguridad, sino en un modelo aspiracional para las juventudes?

Porque si algo ha logrado el crimen organizado en México no es solo expandir su estructura, sino su narrativa. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, se fue construyendo una historia atractiva: la del hombre que viene “desde abajo”, quien desafía al sistema, se vuelve el más malo o temido, y termina rodeado de lujos, mujeres, poder y dinero.

La narcocultura se filtró muy sutilmente, en las series que vemos, corridos o canciones que topamos en el streaming o en el transporte público; en las que cuentan historias donde abundan coches lujosos, marcas europeas, armas largas y una vida de triunfos a “la mala” y de impunidad. Relatos que, aunque se sustentan enteramente en violencia, envuelven a chicas y chicos en un halo de admiración.

Pero ¿qué hay además de la gran pantalla o la música? Pues sucede que las redes sociales y los autodenominados influencers, presumen fajos de billetes, viajes y una vida “sin jefes”, vendiendo la idea que el éxito es inmediato y que el riesgo vale la pena. Todo ello, ligadísimo a coacciones agresivas.

 

Incluso, hallamos ese material en carteleras de toda índole, lo preocupante es el éxito, demanda e imitación que acarrean. En un avistamiento cronológico y somero, tenemos que el cine de gánsteres existía desde los años 30 (como Scarface —1932—), cuyos guiones se centraban en la prohibición del alcohol; posterior, Hollywood comenzó a producir películas centradas específicamente en el tema de crimen organizado y estupefacientes modernos como cocaína o heroína, a principios de la década de 1970.

Otra fuente de consumo súper a la mano, son las series que no sólo se difunden, sino además se producen en las plataformas de entretenimiento de paga, como son: 1. El Capo (2009) o 2. El señor de los cielos (2013), por Prime Video; 3. La reina del Sur (2011); 4. Pablo Escobar y 5. El Patrón del Mal (2012); 6. Narcos (2015); y 7. Griselda (2024), todas éstas de Netflix. 8. Señora de acero (2014) en VIX.

Sin olvidarnos de las canciones: “Cuerno Azulado” de Natanael Cano (2023); “Siempre Pendientes” (2022) o “Tamaulipas” (2023) de Peso Pluma; La CH y la Pizza de Fuerza Regida (2022); “El Dueño del Palenque” de Los Alegres del Barranco (2024); agregando aquellas por las que sus propios intérpretes fueron multados por cantarlas en sus conciertos: Cuerno Azulado (2023) y El Azul de Natanael Cano, esta última con Peso Pluma (2023); o “JGL” de La Adictiva y Luis R. Conriquez (2022).

Como sociedad, no hemos dimensionado lo profundo que ha calado este discurso. Nos acostumbramos a escuchar letras que glorifican lo ilícito, repetimos frases que romantizan la violencia, se comparten escenas donde el criminal parece más héroe que victimario. Y mientras tanto, muchos adolescentes, en búsqueda de identidad o de solvencia económica, terminan creyendo que esa es una vía legítima para alcanzar reconocimiento.

Pero hay algo que esa ficción nunca cuenta: el camino del narcotráfico no suele tener finales felices. No es una historia de superación personal, por el contrario, es un cuento que casi siempre termina en desintegración familiar, prisión o muerte.

Ante este panorama, desde hace un par de años, el gobierno mexicano contrarresta la influencia del crimen organizado con programas enfocados a las y los jóvenes: becas, apoyos económicos, capacitación laboral, oportunidades educativas y concursos de talentos; acercándoles a desarrollar méritos propios, auto concebirse como personas brillantes, destacadas, talentosas y merecedoras de reconocimiento; en conclusión, que hay mil alternativas para todas las personas, antes que participar en el crimen organizado.

Finalmente, no quiero cerrar el tema, sin poner el dedo en la llaga, en casa, desde nuestra comodidad o preocupaciones, nos hemos hecho los siguientes planteamientos: ¿Somos indiferentes -sin cuestionar- al “consumo” de contenidos que glorifican a la “maña”? Con consciencia social ¿elegimos ahora mismo, replantear qué tipo de referentes queremos para las nuevas generaciones? ¿De qué manera, como familia o servicio público, le entramos a la contención de aspirar a riquezas por la ruta fácil? ¿Cómo les estamos trazando a nuestras hijas e hijos que la vida real se trata de esfuerzo, integridad y gratitud?

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