Las conmemoraciones del aniversario de la expropiación petrolera de este año tuvieron un marco que Lázaro Cárdenas no habría podido imaginar, pero que sin duda habría anticipado: una crisis energética detonada por el bloqueo del Estrecho de Ormuz, tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán. La interrupción del tráfico en ese corredor sacó del mercado global a millones de barriles diarios y, por primera vez, desde que Rusia invadió Ucrania los precios del Brent estuvieron por encima de los 100 dólares.
La crisis de Ormuz no es sólo energética. El conflicto elevó los costos de fertilizantes y amenazó con un posible desabasto alimentario en países dependientes de agronitrogenados. China, el mayor productor mundial, ha restringido buena parte de sus exportaciones para proteger su demanda interna, dejando a naciones importadoras —Brasil, India y a buena parte de África— buscando insumos que de pronto cuestan el doble.[1] Criticado como estatismo anacrónico, México recuperó capacidad para producir fertilizantes propios, rescatando plantas abandonadas durante el período neoliberal. El conflicto en Irán demostró en los hechos que la opción por la soberanía es acertada, mientras quienes apostaron por el mercado descubren que la mano invisible nunca envía ayuda humanitaria.
Si un país soberano es, antes que nada, aquel que puede alimentarse a sí mismo, la soberanía energética se traduce en algo más mundano: el precio que paga cada semana quien llena el tanque de su auto. Durante el sexenio de López Obrador, la gasolina Magna subió 24 por ciento en términos nominales, por debajo de la inflación acumulada del periodo. Con Peña Nieto, el mismo combustible había subido 36 por ciento en términos reales. El compromiso de no rebasar la inflación se cumplió. Puede ser un logro insignificante para aquellos que siempre pudieron absorber los gasolinazos —tal vez por eso ignoran o niegan este hecho— pero para los demás hizo toda la diferencia.[2]
En psicología política se llama sesgo de confirmación a la tendencia de aceptar lo que refuerza nuestras creencias y descartar lo que las contradice. Quienes se resisten a reconocer que la reconstrucción de la soberanía estratégica en materia de energía, educación, alimentación y salud pública es una respuesta efectiva ante un mundo cada vez más inestable, lo hacen porque les estorba la evidencia documentada en reducción de la pobreza, creación de empleo, recaudación fiscal y, sobre todo, el respaldo popular a los gobiernos de la transformación.
Quienes desprecian la soberanía energética sin advertir que las cadenas productivas dependen de insumos que solo un Estado fuerte puede garantizar, o ignoran la autosuficiencia alimentaria desestimando la inflación en México sin fertilizantes propios, están defendiendo una identidad de clase. Quedan atrapados en el voto expresivo, ese fenómeno donde el sufragio se ejerce para afirmar una pertenencia social más que para promover un proyecto político. Por eso sus prejuicios los derrotan en las urnas.
Existe así una franja social que construye su identidad política sobre aquello que desprecia. Es una pose que les obliga a negar al otro para sostenerse a sí mismos. No viajan en transporte público, no confían en el personal médico del IMSS, no creen en el maíz mexicano, ni en nuestras refinerías —aunque estén en Houston. Confían, en cambio, en corporaciones extranjeras y en el sálvese quien pueda. Aunque, cuando las reglas del juego cambien, les deje sin alternativas.
El conflicto de Ormuz lo demuestra con brutalidad didáctica. Cuando se cierra una ruta marítima; cuando un proveedor de fertilizantes frena sus exportaciones; cuando el precio del petróleo se dispara en días, lo que determina si un país resiste no son sus tratados comerciales, sino la visión y determinación de desarrollar capacidades propias antes de necesitarlas. La historia no premia el apego a ideologías ni la improvisación. Premia a quienes entendieron a tiempo que la seguridad nacional no se reduce a oferta y demanda, sino a ductos, plantas, refinerías, puertos, reservas estratégicas y cadenas de suministro. Una infraestructura soberana para navegar en un orden mundial donde la energía y los alimentos dejaron de ser mercancías para convertirse en armas geopolíticas.
En abril de 1938, miles de mexicanos —mujeres, obreros, campesinos— donaron sus joyas, ollas de barro y hasta gallinas para pagar la deuda de la expropiación. Lo hicieron porque entendieron que el petróleo les pertenecía.[3] Quienes hoy los desprecian se benefician, sin saberlo, de lo que aquellos humildes compatriotas conquistaron y, antes que reconocerles y agradecerles por sus sacrificios, están dispuestos a entregar nuestro petróleo de nuevo a manos privadas. Por eso ya no gobiernan.
[1] China suspende exportación de fertilizantes por guerra en Irán
[2] La gasolina Magna sube 24% en el sexenio de AMLO, por debajo de la inflación.




