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El rayo Brugadizador: de color a política

En los últimos meses hemos atestiguado una serie de obras impulsadas por el gobierno de la ciudad bajo el sello distintivo de la jefa de gobierno, Clara Brugada. Más allá de la intervención física del espacio público, estas acciones han puesto sobre la mesa una discusión más profunda, el derecho a la ciudad y quiénes pueden habitarla plenamente.

Como era de esperarse, estas transformaciones han generado escozor en ciertos sectores de la oposición. Las críticas no se han centrado necesariamente en la funcionalidad de las obras, sino en su estética. Se cuestiona el uso del color, la presencia de símbolos y, en el fondo, se revela una visión clasista y androcéntrica de la ciudad, donde lo que incomoda no es la obra en sí, sino lo que representa.

Durante años, hemos habitado una ciudad dominada por tonos opacos: grises, negros que, aunque funcionales, no invitan a permanecer ni a apropiarse del espacio. En contraste, las nuevas intervenciones destacan por sus colores vivos, por la incorporación de elementos como flores, ajolotes y otros símbolos que evocan la mexicanidad. Esta apuesta estética no es superficial, es una declaración política y cultural.

El color, en este contexto, se convierte en una herramienta de inclusión. Rompe con la lógica de una ciudad diseñada para unos cuantos y abre paso a espacios que buscan ser habitables, transitables y, sobre todo, vivibles para todas las personas. El morado y el rosa mexicano tan criticado por algunos no es solo un color: es también un símbolo de luchas, de identidades y de la presencia de quienes históricamente han sido relegadas del diseño urbano.

No voy a negar que la primera vez que vi estas intervenciones me resultaron peculiares, sin embargo, pronto comprendí que esa incomodidad inicial provenía de la costumbre de habitar espacios fríos, distantes y poco acogedores. Lo que hoy vemos es una invitación a reapropiarnos de la ciudad, a sentirla nuestra.

La transformación del espacio público no es únicamente una cuestión estética, es una apuesta por una ciudad más justa, más incluyente y más humana. Espacios iluminados, coloridos y pensados para quienes los habitan son, sin duda, parte fundamental de la transición hacia una ciudad verdaderamente vivible, y eso la jefa de gobierno. Clara Brugada lo entiende muy bien.

 

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