Durante varias semanas, millones de personas compartimos una misma ilusión: apoyar a nuestra selección y demostrarle al mundo la grandeza de nuestro país. Pero este Mundial también dejó un sabor agridulce.
La organización del torneo fue negociada años atrás, durante el gobierno de Enrique Peña Nieto. Las condiciones bajo las que México asumió diversos compromisos con la FIFA fueron definidas antes de la llegada de la Cuarta Transformación y desde entonces han sido motivo de cuestionamientos. Mientras alrededor del Mundial florecieron los negocios vinculados a boletos, hospedaje, derechos de transmisión y publicidad, para millones de familias vivir la experiencia desde un estadio fue prácticamente imposible.
Como ocurre con frecuencia en estos eventos, los grandes beneficios económicos quedaron concentrados en unos cuantos. La reventa, los fraudes y la especulación volvieron a demostrar que muchas veces el interés comercial termina imponiéndose sobre el interés social.
En contraste, la Presidenta Claudia Sheinbaum envió un mensaje político importante. Decidió no convertir el Mundial en un escaparate personal y privilegió la cercanía con el Pueblo antes que los reflectores internacionales. Fue una señal de que, para la Cuarta Transformación, el protagonismo debe ser de México y de su gente.
Además, nuestro país respondió a quienes durante meses pronosticaron un desastre. Cientos de miles de visitantes encontraron un México organizado, con infraestructura, hospitalidad y capacidad para recibir uno de los eventos más importantes del mundo. La realidad terminó desmintiendo muchas de las narrativas que pretendían sembrar miedo y desprestigio.
También hubo una enorme alegría deportiva. Una nueva generación de futbolistas devolvió la ilusión a millones de mexicanos y consiguió uno de los mejores resultados para nuestra selección en décadas.
Sin embargo, esa alegría quedó marcada por el dolor. Cuatro personas perdieron la vida en el marco de los festejos. Detrás de cada tragedia hay familias que jamás volverán a ser las mismas. Ninguna victoria deportiva puede valer más que una vida humana. Lo ocurrido obliga a fortalecer las medidas de prevención y seguridad para que celebrar nunca vuelva a convertirse en luto.
Este Mundial también confirmó que el fútbol ya no sólo se juega en la cancha. Hoy se discute el papel de la FIFA, el impacto económico de estos torneos, quiénes obtienen las ganancias y la influencia política que rodea al deporte. Algunas críticas parten de hechos comprobables y otras de especulaciones, pero todas muestran a una sociedad mucho más participativa e interesada en lo que ocurre fuera del terreno de juego.
El gran reto es recuperar la esencia popular del fútbol. Que siga siendo una fiesta de los Pueblos y no únicamente un negocio para unos cuantos.
Dentro de algunos meses llegará la eliminatoria rumbo al Mundial Femenil. Nuevamente, la esperanza de millones descansará en jóvenes mexicanas que representarán con orgullo a nuestro país.
Porque los Mundiales terminan, pero permanecen las lecciones: la alegría de un Pueblo unido y la convicción de seguir construyendo un México que pueda celebrar con orgullo, seguridad y esperanza.











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