El Soberano

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La Transformación es animalista

Pedro Sola ante el juicio de un Pueblo consciente

La salud moral de una nación suele medirse por la forma en que trata a sus seres más vulnerables. La Cuarta Transformación ha sostenido desde su origen que el humanismo no es una declaración abstracta de buenas intenciones, sino una práctica cotidiana de empatía, justicia y protección de la vida en todas sus manifestaciones. Por ello, en este México que despierta y se transforma, causa una profunda indignación constatar cómo la vieja televisión comercial insiste en mantenerse como un santuario de la frivolidad y, peor aún, de la apología a la violencia. La reciente e inaceptable polémica desatada por el conductor Pedro Sola es el vivo reflejo de una élite mediática que se niega a entender que el país ya cambió.

Emitir comentarios frívolos que minimizan o justifican la crueldad hacia los animales no es una simple «ocurrencia» o un chiste de mal gusto propio de la edad del presentador; es un síntoma de la degradación cultural que el neoliberalismo sembró en las pantallas mexicanas durante décadas. Durante el viejo régimen, la violencia fue normalizada en todas sus vertientes, y los animales fueron reducidos a la categoría de ‘‘mascotas’’ o entretenimiento. Que un personaje con alcance masivo utilice su micrófono para hacer apología al maltrato de seres sintientes es una irresponsabilidad mayúscula que atenta contra el tejido social y contra el esfuerzo de miles de colectivos y personas que luchamos diariamente por la dignificación de la vida animal.

El contraste con el momento histórico que vive nuestra República es abismal. Mientras en el Segundo Piso de la Transformación avanzamos con paso firme hacia la constitucionalización de los derechos de los animales, prohibiendo el maltrato y transformando los planes de estudio para educar a las infancias en el respeto a la naturaleza, los dinosaurios del entretenimiento siguen anclados en el desprecio por la vida. No comprenden que maltratar a un animal o normalizar su sufrimiento es el primer paso para deshumanizar a una sociedad. La violencia es una sola, y quien justifica la crueldad hacia un perro, un gato o cualquier criatura viva, carece de la estatura ética que este México nuevo le exige a sus comunicadores.

La respuesta del Pueblo ante esta infamia ha sido ejemplar. La condena unánime en las redes sociales demuestra que la ciudadanía ya no consume pasivamente la basura conceptual que los consorcios de televisión intentan normalizar. Los tiempos en que la televisión dictaba los valores de la familia mexicana han terminado. Hoy hay una conciencia civil despierta que exige consecuencias ante la apología de la violencia. Las empresas de comunicación deben entender que mantener al aire a personajes que promueven el maltrato no solo es un pésimo negocio en términos de audiencia; es una afrenta directa a un pueblo que ha decidido erradicar la violencia de todos los rincones de su vida pública.

Los derechos de los animales son parte fundamental de la revolución de las conciencias. No daremos un solo paso atrás en la defensa de los seres sintientes frente al cinismo de quienes pretenden lucrar con la crueldad desde la comodidad de un set de televisión. La transformación también es animalista, es ecológica y es profundamente empática. El futuro de México se construye con compasión, respeto y justicia para todas las vidas, y afortunadamente, la decadencia de la vieja televisión ya no tiene cabida en este futuro que estamos construyendo.


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