El Soberano

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¿El péndulo mundial alcanzará a México?

Mientras buena parte de Latinoamérica experimenta un resurgimiento de gobiernos conservadores, nacionalistas o de derecha, nuestro país continúa respaldando un proyecto identificado con la izquierda. No es un fenómeno menor, en los meses pasados hemos visto caer uno por uno a las expresiónes izquierdistas del continente, frente a esto, la incógnita es si esa ola terminará cruzando la frontera mexicana.

Donald Trump regresó a la Casa Blanca con un discurso basado en migración, seguridad, proteccionismo y recuperación de la identidad nacional. En Italia, Giorgia Meloni consolidó una derecha nacionalista que hace apenas unos años parecía impensable. Países Bajos, Finlandia, Suecia, España y Portugal también muestran un fortalecimiento de fuerzas conservadoras, mientras en Francia la derecha mantiene una capacidad competitiva que hace unos años parecía improbable.

En América Latina el movimiento del péndulo resulta todavía más evidente. Argentina convirtió a Javier Milei en el rostro de una derecha disruptiva que se alimenta del hartazgo con la inflación, la burocracia y las élites tradicionales; El Salvador consolidó, con Nayib Bukele, un modelo de autoridad y seguridad que ha encontrado admiradores en toda la región; y en distintos países el desgaste de los gobiernos progresistas ha abierto espacio a candidaturas conservadoras que prometen orden, crecimiento y ruptura con la vieja política.

En Honduras, la llegada de Nasry Asfura al poder confirmó el regreso del Partido Nacional después de la experiencia del gobierno de izquierda encabezado por Xiomara Castro. En Chile, José Antonio Kast dejó de ser un actor marginal para consolidarse como uno de los principales referentes del conservadurismo, capitalizando el desencanto con el gobierno de Gabriel Boric. En Perú, Keiko Fujimori finalmente alcanzó el poder con una sociedad cansada de tanta inestabilidad política y malos gobiernos. Por último tenemos a Colombia donde Gustavo Petro representó el primer gobierno de izquierda en la historia reciente de esa nación y poco pudo hacer para detener a Abelardo de la Espriella, cuyo discurso de extrema derecha en torno a la seguridad, el orden y la defensa de las libertades económicas tomó por sorpresa a más de un despistado.

No estamos frente a una derecha uniforme ni necesariamente democrática en todas sus expresiones, sino ante una reacción regional contra gobiernos que no pudieron resolver la inseguridad, el deterioro económico o la corrupción.

La lección para México es clara: cuando la izquierda deja de representar el cambio y comienza a ser percibida como parte del sistema, la derecha encuentra la oportunidad de presentarse como la verdadera fuerza rebelde.

Ahora bien, la política mexicana posee características muy distintas, mientras en Europa o Estados Unidos los partidos tradicionales gobernaron durante años bajo modelos relativamente similares, México vivió una ruptura mucho más profunda en 2018. Para millones de ciudadanos, Morena sigue representando el cambio frente a un viejo régimen que aún permanece fresco en la memoria colectiva.

Quienes anticipan un inminente giro conservador suelen pasar por alto que la Cuarta Transformación mantiene una narrativa con enorme capacidad de movilización política: combate a los privilegios, programas sociales universales, cercanía con los sectores populares y una identidad muy bien construida alrededor de la justicia social.

La oposición aún no logra disputar ese terreno.

Sin embargo, los gobiernos, cualquiera que sea su signo ideológico, comienzan a desgastarse cuando dejan de representar esperanza y empiezan a administrar inercias.

Si los problemas como la inseguridad, el crecimiento económico, la falta de oportunidades para las clases medias o la incertidumbre frente a Estados Unidos se profundizan, el debate político podría cambiar de eje. Y cuando cambian las preocupaciones de la ciudadanía, también cambian las mayorías.

Ningún proyecto político debe asumir que las preferencias sociales son permanentes. Las elecciones de 2027 serán una primera prueba. Las de 2030 podrían definir si la Cuarta Transformación logra consolidarse como un ciclo político de largo plazo o si comienza el inevitable movimiento del péndulo.


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