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Justicia y venganza

Al tiempo que millones de iraníes desbordaron las calles de Teherán para despedir al ayatolá Alí Jameneí entre gritos de “Justicia y venganza”, Estados Unidos celebraba su 250 aniversario envuelto en exaltación patriótica y proclamando haber doblegado a Irán. Las ceremonias revelaban dos formas de entender la historia: una fundada en la impunidad; la otra, alimentada por agravios históricos.

Irán convirtió la coincidencia de ambas ceremonias en un poderoso recurso político. Mientras Washington celebraba su independencia, Teherán evocó el derribamiento del vuelo 655 de Iran Air, ocurrido el 3 de julio de 1988, donde murieron 290 civiles —66 de ellos niños— y el Pentágono condecoró al comandante responsable. Al vincular esa tragedia con los recientes ataques contra una escuela en Minab, asesinando a 168 niñas, dejó claro que las últimas agresiones son el más reciente capítulo de una larga historia de impunidad.[1]

Washington comprendía perfectamente el significado geopolítico de los funerales del líder iraní asesinado en febrero y desplegó una intensa ofensiva diplomática para evitar que se transformaran en una demostración internacional de respaldo a Teherán. En paralelo, promovió una cascada de declaraciones de apoyo a su aniversario entre aliados militares y gobiernos vasallos. Algunas rozaron el ridículo por ser exageradamente elogiosas, como las de Mark Rutte; otras resultaron simplemente deshonrosas, como el respaldo de Netanyahu.[2]

Lejos de expresar la confianza de una potencia segura de sí misma, estos rituales sugieren el agotamiento de una de las fuentes históricas de la hegemonía estadounidense: su capacidad de obtener consentimiento. Ningún imperio organiza celebraciones grandiosas cuando se siente seguro de sí mismo, lo hace cuando necesita convencer al mundo —y sobre todo a su propia sociedad— de que sigue siendo el centro de la historia. Estados Unidos llega a su cuarto de milenio profundamente dividido: la polarización política alcanza niveles históricos, la confianza en las instituciones se encuentra deteriorada y una parte creciente de la sociedad cuestiona el rumbo económico, social y moral del país.[3]

Quizá la mayor paradoja de estos días sea que mientras el imperio celebraba su poder, la nación asediada celebraba su supervivencia. Los festejos de la independencia de Estados Unidos parecen más el esfuerzo de una nación por ocultar las grietas de su propia implosión que una celebración de su grandeza. Irán nos ofreció una imagen distinta. Tras décadas de sanciones económicas, sabotajes, asesinatos selectivos, operaciones de inteligencia y ataques militares —pese a las profundas fracturas que el propio sistema teocrático ha infligido a su sociedad—, el funeral de Jameneí reunió a una sociedad que, más allá de sus diferencias internas, sabe que enfrenta una amenaza externa permanente.

La fortaleza del pueblo iraní no puede entenderse solo como una reacción emocional frente al asesinato del líder supremo, sino como la acumulación de décadas de agravios continuos. Cuando los responsables de un crimen no comparecen ante un tribunal, cuando las víctimas no obtienen reparación y cuando las potencias se reservan el derecho de actuar por encima del derecho internacional, la memoria deja de ser un ejercicio del pasado y se convierte en un componente de la identidad nacional.

Más allá de sus símbolos, ambas ceremonias revelan dos formas opuestas de relacionarse con la historia: un imperio que celebra su poder y pueblos que recuerdan sus heridas. Desde las naciones originarias de América hasta el pueblo palestino, pasando por México, Cuba y Vietnam, todos ellos comparten con Irán la experiencia de haber sufrido distintas formas de intervención, sanciones, ocupación, guerra, injerencia o despojo, pero también se sobreponen a un sistema de justicia internacional incapaz de exigir responsabilidades al actor más violento del planeta.

Ningún imperio podrá modificar su pasado, pero puede decidir entre continuar construyendo legitimidad sobre un Estado de excepción permanente —que no es más que dejar las heridas abiertas hasta que otros intenten cerrarlas por su cuenta— o adoptar las reglas que exige a los demás. Sin embargo, la verdadera cuestión es saber hasta cuándo el resto del mundo seguirá esperando a que Washington acepte someterse a sus propias leyes.

La historia enseña que los pueblos pueden perdonar, pero rara vez olvidan las deudas pendientes. El reconocimiento de las víctimas, la reparación de los daños y la rendición de cuentas son la condición mínima para romper la cadena de agravios que se hereda entre generaciones. Frente al dolor, lo justo sería la única respuesta humana; pero quien erigió la impunidad como su principal arma de poder no debería sorprenderse cuando descubra que la justicia, que durante años negó, se presente convertida en forma de venganza.


[1] Irán: EEUU elude su responsabilidad por crímenes en Irán de 1988 a 2026 | HISPANTV

[2] La Base 6×164 | Estados Unidos cumple 250 años

[3] Political Parties & Polarization – Research and data from Pew Research Center


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