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La diplomacia como vocación de familia y de país

A la Embajadora Carmen Moreno Toscano

Mi primer contacto con la familia Moreno Toscano llegó a través de la doctora Alejandra. Fue alrededor de 2003, cuando tenía 22 años. El que me sentó frente a ella fue Manuel Camacho Solís, quien me acogió como su discípulo desde mis años de economista recién egresado del ITAM. Recuerdo con precisión la instrucción que me dio aquella tarde: «haz algo con este joven.» Alejandra Moreno Toscano tomó el encargo en serio, y en ese encuentro aprendí algo que ningún aula me había enseñado con esa claridad: que las ciencias sociales pierden su razón de ser cuando se quedan en la letra muerta, que la historia debe tener un uso social vivo, urgente, capaz de transformar la ciudad que habitamos. Esa lección marcó el rumbo de lo que vendría después.

Mi querida Embajadora Carmen Moreno Toscano llegaría a mi vida por otro camino. La conocí alrededor de 2010, cuando era Secretaria Ejecutiva de la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM) de la Organización de los Estados Americanos (OEA), en Washington. Desde que la conocí, admiré su disciplina, cohesión en su forma de defender y representar a México, así como su exigencia y ojo clínico para ejecutar las decisiones correctas. Después nos reencontraríamos durante mi paso por la Secretaría de Relaciones Exteriores.

El peso de la Embajadora Moreno Toscano se entiende mejor al contextualizarlo con la historia y legado de su familia. Su abuelo, Salvador Toscano, fue el primer cineasta de México, quien documentó gran parte de la vida del siglo XIX. Su madre, Carmen Toscano, compiló ese archivo en Memorias de un mexicano (1950), el único largometraje documental declarado Monumento Histórico de la Nación. En esa familia, preservar la memoria era una decisión política sobre qué México merecía ser registrado y transmitido. Sus tres hijos, Alejandra, Héctor y ella misma, honraron ese legado desde perspectivas distintas: la historia urbana y la gestión del patrimonio, la vida parlamentaria, y la diplomacia multilateral.

La Embajadora compartía con su hermana Alejandra algo más profundo que el apellido: la misma convicción de que el conocimiento acumulado durante décadas de servicio público debe traducirse en política concreta, en instrumentos institucionales, en arquitectura que sobreviva a los ciclos de gobierno. Cuando trabajé con ella como asesor externo ya fuera de la Cancillería, esa convicción tomó la forma de un proyecto que hasta entonces nadie había emprendido en México: el Tablero Global de Intereses del país, que articuló las 17 relaciones bilaterales más estratégicas con los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030. De ese trabajo nació algo más ambicioso todavía: una investigación con todos los embajadores mexicanos en funciones durante 2022.

La Cancillería tiene una larga tradición oral: la experiencia diplomática se transmite en los pasillos, en las conversaciones de despacho, en la memoria viva de quienes han servido al país en el exterior. Ponerla por escrito, sistematizarla, convertirla en documento público, era algo que muchos consideraban improbable. La propia Embajadora Moreno Toscano, al inicio, dudó de que pudiera hacerse. Que no se podía, que la institución no funcionaba así, que había resistencias. Pero creyó en el proyecto, abrió las puertas y sostuvo el proceso hasta el final. El resultado fue la Política Exterior de México hacia África, Asia, Europa, Medio Oriente y G20, la primera publicación de su tipo en la historia de la diplomacia mexicana, avalada por el Embajador Luis Alfonso de Alba Góngora y la Sherpa de México para el G20, la Embajadora Jennifer Feller. Identificar la oportunidad institucional donde otros ven imposibilidad era, quizá, su capacidad más distintiva.

Su trayectoria dentro del Servicio Exterior Mexicano abarcó décadas y geografías. Fue Subsecretaria para Naciones Unidas, África y Medio Oriente, Directora General para Organismos Regionales Americanos y de Relaciones Económicas Multilaterales, Secretaria Ejecutiva de la Comisión Interamericana de Mujeres y Directora del Instituto Internacional de Naciones Unidas para la Capacitación y la Promoción de la Mujer. En 1994, fue la primera mujer en recibir el nombramiento de Embajadora Eminente en la historia del Servicio Exterior Mexicano, un reconocimiento que se otorga por la calidad excepcional de una trayectoria. Años después, el Secretario General Kofi Annan la seleccionó como parte del Grupo de 10 Asesores para la Reforma de las Naciones Unidas, donde fue la única latinoamericana en esa mesa. Coordinar el Grupo de los 77 para Asuntos Económicos y ser vocera para Deuda y Desarrollo completaron un perfil que México rara vez ha vuelto a colocar con esa autoridad en los foros donde se negocia el orden internacional.

Esos cargos reflejan una sola convicción: que los derechos humanos, la equidad y la cooperación para el desarrollo son la sustancia de la política exterior, y no simplemente su decoración.

Su regreso a la Subsecretaría de Relaciones Exteriores en enero de 2020, ya como Embajadora Emérita, fue la confirmación de algo que la diplomacia mexicana sabe, pero rara vez formaliza: que la experiencia acumulada en décadas de servicio exterior es un activo estratégico que el Estado debe saber convocar. La Embajadora aportó lo que pocos podían: una visión construida desde adentro, capaz de sostener la continuidad institucional en tiempos de cambio.

Durante su gestión como Subsecretaria entre 2021 y 2023, impulsó la agenda de derechos humanos y equidad de género como ejes transversales de la política exterior mexicana, en un momento en que la Cancillería buscaba reposicionar a México en los foros multilaterales tras años de tensión con organismos internacionales. Su presencia en esa Subsecretaría fue, para quienes trabajamos con ella, la garantía de que había una voz con autoridad moral propia, construida afuera de los ciclos electorales, capaz de sostener posiciones con independencia de criterio. Esa es la forma más exigente de rectoría pública: no la que se ejerce desde la autoridad formal; más bien, la que se sostiene en la credibilidad ganada con décadas de trabajo riguroso.

México pierde con la eminencia que fue Carmen Moreno Toscano a una figura que entendía la política exterior como certidumbre, como continuidad y como servicio. El homenaje más honesto que podemos rendirle es asumir que esa visión no muere con ella: que la publicación que construimos juntos fue una demostración de lo que es posible cuando el Estado convoca a sus mejores cuadros con una pregunta ambiciosa, y que la respuesta a esa pregunta sigue siendo una tarea abierta. Nos toca honrar ese legado de disciplina e institucional con la misma seriedad con que ella lo sostuvo. Descanse en paz.


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