Por: Frank Aguirre
Durante buena parte de los últimos dos siglos, la izquierda libró una batalla fundamental: que la riqueza generada por millones de trabajadores dejara de concentrarse en unas cuantas manos. De esa lucha surgieron conquistas que hoy parecen naturales, pero que costaron décadas de organización, movilización e incluso vidas humanas: la jornada laboral de ocho horas, el salario mínimo, la seguridad social, el derecho a la sindicalización, las vacaciones, las pensiones y la educación pública.
Sin embargo, el siglo XXI nos está colocando frente a una pregunta completamente distinta.
¿Qué ocurrirá cuando buena parte de esa riqueza ya no sea producida por personas, sino por algoritmos, robots y sistemas de inteligencia artificial?
La pregunta parece futurista, pero ya forma parte del presente. La inteligencia artificial redacta textos, traduce idiomas, analiza radiografías, diseña campañas publicitarias, programa software y comienza a realizar tareas que hasta hace poco parecían exclusivas del trabajo intelectual humano. Al mismo tiempo, la automatización sigue transformando la industria, mientras la biotecnología, la computación cuántica y la economía de los datos avanzan a una velocidad que supera la capacidad de respuesta de muchos gobiernos.
Y, sin embargo, buena parte del debate político continúa atrapado en las preguntas del siglo pasado.
Seguimos discutiendo —con razón— sobre salarios, empleo, desigualdad y derechos laborales. Pero mientras tanto, el mundo ya comenzó a debatir quién será dueño de los datos, quién controlará los algoritmos, quién desarrollará los semiconductores que moverán la economía global, quién impondrá las reglas de la inteligencia artificial y quién capturará la riqueza generada por esas nuevas tecnologías.
No es casualidad que Estados Unidos y China disputen hoy mucho más que mercados. Compiten por el liderazgo tecnológico del planeta. Europa busca reducir su dependencia digital. Incluso países con economías más pequeñas diseñan estrategias nacionales para el desarrollo de inteligencia artificial, infraestructura digital y soberanía tecnológica.
La tecnología dejó de ser un asunto exclusivo de ingenieros, es ahora un asunto profundamente político.
Durante décadas la izquierda aprendió a defender a quienes fueron excluidos del desarrollo. Ahora también tendrá que aprender a gobernar el desarrollo. Porque si dejamos que la inteligencia artificial evolucione únicamente bajo la lógica del mercado, la concentración de riqueza podría alcanzar niveles nunca antes vistos. Quien controle los datos, la infraestructura computacional y los grandes modelos de inteligencia artificial tendrá una ventaja económica y política enorme sobre el resto del mundo.
La discusión ya no consiste únicamente en cuánto debe ganar un trabajador. También consiste en preguntarnos ¿quién será propietario de la riqueza que produzcan las máquinas? Y, sobre todo, como diría Srnicek ¿cómo eso puede beneficiar en masa a la población para tener mayor tiempo libre? ¿Quién pagará impuestos cuando los procesos productivos requieran cada vez menos trabajadores? ¿Cómo se financiarán las pensiones y los sistemas públicos de salud? ¿Qué nuevas formas de protección social necesitaremos cuando millones de empleos cambien o desaparezcan?
La Revolución Industrial obligó a construir sindicatos, leyes laborales y sistemas de seguridad social porque el viejo modelo ya no respondía a la nueva realidad económica. La revolución tecnológica exigirá instituciones igual de innovadoras. Todavía no sabemos cuáles serán, pero sabemos que harán falta.
La Cuarta Transformación nació cuestionando un modelo económico que concentró riqueza y debilitó al Estado. Ese diagnóstico sigue vigente. Pero quizá la siguiente etapa del pensamiento progresista deba atreverse a formular preguntas nuevas. No basta con distribuir mejor la riqueza existente; habrá que pensar también cómo democratizar la riqueza que generarán las tecnologías del futuro.
La izquierda nunca ha sido solamente la administración del presente. En sus mejores momentos ha sido una fuerza capaz de imaginar un país distinto antes de que ese país existiera. Sería un error histórico conformarse con administrar las respuestas del siglo XX mientras el siglo XXI avanza a toda velocidad.
Porque cada revolución tecnológica termina modificando la forma en que producimos, trabajamos, aprendemos y convivimos. Y también redefine quién acumula el poder.
Si la izquierda renuncia a participar en esa conversación, alguien más diseñará el futuro en su lugar. Y entonces, una vez más, tendrá que llegar tarde a la historia. La 4T no puede darse ese lujo…





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