De manera inequívoca, el progresismo político, que en parte está alimentado por el pensamiento de izquierda, está ganando terreno en América Latina frente a un pensamiento conservador cada vez más reaccionario.
No perdamos de vista que detrás de estos triunfos democráticos y populares se encuentra la reclama social de que las cosas no pueden, ni deben, permanecer como lo hacen hasta este momento. Es decir: no se puede seguir hipotecando el futuro de las nuevas generaciones con la reducción a los presupuestos en educación y seguridad social, desmantelando los sistemas de salud pública, y debilitando (flexibilizando como dicen los neoliberales) las condiciones laborales, poniendo cada vez más en entredicho la posibilidad de obtener una pensión al momento del retiro, y lo que es peor: continuar con las condiciones de desigualdad y miseria en la que aún viven muchas personas en la región.
Sin lugar a duda, las victorias políticas progresistas en América Latina se encuentran revestidas de un ímpetu social que busca romper con el poder político tradicional, eso es lo fundamental. Las urnas han sido contundentes en México, Argentina, Perú, Bolivia, hace unos días en Chile, y posiblemente en Brasil para el próximo año. Se está revirtiendo una época de oleaje conservador en la región.
Las dolencias son claras, pero los caminos son sinuosos y muchas veces inciertos. Digamos que en una buena parte del siglo XX las izquierdas, aunque muy diversas, tenían un objetivo claro que fue degradándose conforme el modelo del socialismo realmente existente entró en declive. Muchos movimientos insurgentes, revolucionarios y partidos políticos radicales fueron moderando sus posiciones para entrar en la dinámica de las elecciones liberales y sumirse al dominio del mundo neoliberal, la alternativa estaba destruida en la práctica, pero no del todo en la teoría.
No obstante, después de por lo menos cuatro décadas de dominio neoliberal y diversas metamorfosis políticas de la llamada izquierda en la sombra de la oposición, las demandas sociales y luchas políticas se han mantenido vigentes. América Latina no es la excepción, pues el trauma ha sido más duro, ya que la entrada de ese modelo económico-político se implementó de la mano de dictaduras militares y en México bajo la conducción de un partido hegemónico (PRI para que lo recuerden).
A punto de cumplir los primeros veinticinco años del siglo XXI, el progresismo ha tenido sus altos y bajos, errores y desaciertos, pero sin duda no dejan de levantar expectativas sus arribos al poder por medio de las urnas, siempre con la esperanza de “corregir” o humanizar el capitalismo que domina cuerpos y mentes.
Hoy, Chile genera una expectativa más de creatividad y alternativa, como desde hace tres años lo representa AMLO con México. El objetivo es claro, pero el camino a veces incierto. ¿Cómo podemos realmente podemos al mundo? Esa es la respuesta que debemos dar a nuevas generaciones que crecen sin saber que su futuro puede estar hipotecado, que su creatividad está limitada a las necesidades sistémicas del capital y que sus aspiraciones pueden coartarse por el “salir de paso” o “acabar la quincena”.
Los progresistas ahora comparten la idea de colocar al Estado, nuevamente, como rector de la seguridad social y económica de la población, ello desde luego confronta la premisa neoliberal del “tanto mercado como sea posible, tanto estado como sea necesario”, que ha impregnado muchos aspectos de la vida social, reflejadas en el individualismo y la competencia. Es más fácil lucubrar contra el vecino, que, contra el poder, el verdadero opresor.
Sin embargo, ¿cómo podemos equilibrar la balanza para las personas que estructuralmente han sido relegadas del desarrollo? Porque, aunque el lector no lo crea, o no le dé importancia, hay millones de personas que no tienen acceso a internet, medicinas, una vacuna contra covid-19; es más, ni siquiera acceso a electricidad y agua potable y no precisamente por falta de voluntad de salir a buscar “chamba”.
Ante estas condiciones se torna ético voltear a ver al prójimo y tenderle la mano, legislar para abrirles oportunidades, invertir para que mejore su calidad de vida, no es una cuestión de presupuestos o debates en las cámaras de representantes, no es cuestión de voluntad, es de convicción política. Sigamos pensando en los posibles imposibles.




