Los criterios que tenemos para valorar el acontecer político nacional están marcados por nuestro inmediatismo en el pensar, expresado en la obsesión por “medir” el momento, que se acompaña de una acotada comprensión de lo que, este presente implica en la historia. No es un fenómeno nuevo, pues el papel que antes monopolizaban los medios de comunicación, hoy se replica en las redes sociales: si antes lo que importaba era “el titular” o “la nota”, ahora es “la tendencia” o “el tema de moda”; obviando que todos estos tópicos, se crean y se difunden como estrategias mercadológicas intercambiables. Ahora se confunde “lo popular”, con las interacciones que se pueden medir en likes y retuits; y por extensión de esta lógica comercial, si algo no aparece en los medios, (o en las encuestas) es porque no está pasando en la realidad. Así se sigue imponiendo un modo de pensar que tiene más que ver con el proyecto político conservador, que aspira a que todo cambie rápidamente (las formas), para permanecer igual en lo que realmente le importa (las estructuras de dominación).
En cambio pensar históricamente implica ir más allá de este recurrente presentismo, que insiste en valorar todo un proceso político en disputa, no en su secuencia abierta, sino en uno solo de sus momentos, eligiendo alguno, para “demostrar” el franco retroceso o el inminente fracaso, de ese proyecto político. A quienes les gusta pontificar sobre la historia y sus siempre anunciados finales, -de izquierda o de derecha- son los mismos que se ven como dueños de la verdad absoluta, y con la clarividencia para anticipar un resultado que apenas logran proyectar en el futuro, al inicio de la siguiente campaña presidencial.
Para cualquier elite, la historia solo es campo propicio para la acción de los individuos, únicos y excepcionales, es decir de los “líderes” que su ideología exalta. Por lo tanto, las soluciones cortoplacistas que construyen solo implican la participación de ellos mismos: elites e individuos dignos de gobernar y mantenerse así, por encima del resto de la población. Para exorcizar los fantasmas de la “polarización”, se pretende erradicar la participación de las grandes mayorías en los procesos políticos de toma de decisión, y dejar las soluciones en mano de los representantes “profesionales” o las camarillas de “intelectuales” que solo mencionan al Pueblo para auto justificar su lugar en el orden oligárquico establecido que no dudaron por décadas de adjetivar como “democrático”.
Es en este marco, la frase de Benito Juárez, “Malditos aquellos que con sus palabras defienden al Pueblo, y con sus hechos lo traiciona”, sigue teniendo plena vigencia para iluminar nuestro momento de peligro, si hacemos caso de la advertencia de Walter Benjamin. La historia nos enseña que no existen esos pretendidos momentos de consenso nacional, sino por el contrario, la permanente disputa entre opciones políticas, que, en los hechos cotidianos, ponen por encima el interés de las colectividades o los intereses de grupos o facciones. Pensar históricamente implicar articular ese pasado donde Juárez fue inflexible en la defensa de la República, cuando personalmente pudo encontrar acomodo en el gobierno imperial. Y, a pesar de las críticas e insultos, pudo sostener la decisión de juzgar y ejecutar a Maximiliano de Habsburgo, junto a sus generales mexicanos, no como una revancha personal, sino priorizando un ejemplo de soberanía que legó para todo el continente y sus futuras generaciones.
«El fallo que la historia juzgará», como Benito Juárez le respondió en 1864 a Maximiliano, es quiénes son, parte del proyecto de liberación de los Pueblos y quienes solo buscan su propio beneficio.



