La alcaldesa de Cuauhtémoc, Sandra Cuevas, retomó sus funciones como titular de la demarcación luego de pretendidamente haber cumplido con una disculpa pública a tres policías auxiliares. Esta disculpa forma parte de un acuerdo reparatorio que incluye, además, el pago de 30 mil pesos a cada uno de los policías afectados y la obligación de asistir a terapia para atender su manejo de la ira.
La alcaldesa dijo: “me disculpo de corazón con Eduardo, con Faustino y con Marco, si ellos consideran que yo les hice un daño. Les ofrezco una disculpa sin reconocer, insisto, que les haya hecho yo algún daño a los compañeros”. La Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, no consideró que fuera suficiente, y tiene razón: “yo no considero que sea una disculpa pública, me parece que las disculpas públicas tienen que ser frente a las víctimas, eso parece una justicia chapucera, la verdad; en una banqueta, hablando frente a medios de comunicación, entonces considero que como se estableció, no se están cumpliendo las condiciones”. La Fiscalía General de Justicia, incluso, rechazó la validez de la disculpa y solicitó una audiencia a un juez de control para revisar el cumplimiento de la suspensión condicional del proceso por seis meses que le permite a la alcaldesa retomar sus funciones. Los policías, por cierto, tampoco aceptaron las disculpas.
Este episodio no sería para nada relevante de no ser por una cuestión: es reflejo de la idiosincrasia conservadora que se despliega no sólo en la vida social, sino también en el estilo, prioridades y formas de sus gobiernos y, por tanto, del uso que suelen darle al Estado cuando están en el poder. Esta gente encuentra profundamente ofensiva la mera idea de pedir disculpas porque creen que no les corresponde. Al contrario: su lugar social es el de mando a toda costa, independientemente de las consecuencias de sus actos. Por construcción, parecen creer, son incapaces del error; y más frente a sus subalternos que, claramente, no entendieron cuál es su lugar. En el imaginario de esta gente, el pueblo está para recibir de buena gana sus arranques y atropellos. Es lo que corresponde: dejarse mandar. Lo más conveniente: el orden natural.
Este último punto es, quizá, un tema que deberíamos analizar con mayor profundidad: la mayoría de las resistencias al obradorismo no vienen de discrepancias ideológicas profundas o debates teóricos interesantes. Basta observar con detenimiento para ver que lo que más les duele del obradorismo es haber alterado el orden natural de las cosas: hacerle creer a la chusma que pueden mandar. Es una afrenta estética: las coordenadas que establecían quién debía estar abajo y quién arriba empiezan a desdibujarse y eso les produce repulsión; no discrepancia, no rechazo ideológico: es el odio a la democracia lo que los mueve y motiva; lo que le da sentido a sus acciones y omisiones.
La élite mexicana, de izquierdas y derechas, está contemplando como su gran obra colonial y clasista, sus siglos de esfuerzo, empieza a desmoronarse frente a un movimiento popular y soberano que apenas comienza. Cuevas es sólo la más triste expresión de esta casta.



