A Marisela Escobedo Ortiz la asesinaron a sangre fría, con un disparo en la cabeza, afuera del Palacio de Gobierno de Chihuahua mientras acampaba en resistencia a dos años del impune feminicidio de su hija Rubí. Esa madrugada del 16 de diciembre del 2010, en el lugar de los hechos había luces encendidas y cámaras de gobierno grabando. Eran públicas y conocidas las amenazas que habían recibido Marisela y su familia por indagar y denunciar los vínculos entre criminales y autoridades; sin embargo, ese día no hubo protección para Marisela ni obstáculo que impidiera su homicidio.
Mientras Marisela colocaba unos carteles de protesta afuera de su campamento, un hombre se acercó, ella empezó a correr y al cruzar la calle recibió el impacto en la cabeza. Esa noche, para el gobierno de César Duarte fue más fácil asesinar a Marisela –quien había cuestionado y expuesto la corrupción de su gestión frente a miles de personas- que arrestar al sicario-feminicida de su hija, a quien la Fiscalía había dejado libre y se encontraba protegido por el Cártel de los Zetas. “Las tres muertes de Marisela Escobedo” es un desgarrador documental de Netflix dirigido por Carlos Pérez Osorio que relata la brutal historia de una mujer en México después del asesinato de su hija de 16 años.
Un mes después de la desaparición de su hija, Marisela supo quién la asesinó. Fue su pareja de nombre Sergio Rafael Barraza, quien posteriormente la quemó y la tiró en un terreno baldío cerca de unas marraneras. Lo que sucedió se lo contó uno de los testigos que ayudaron a Sergio a sepultar el cadáver. No obstante, ni este testimonio, ni la propia confesión del feminicida, ni la identificación del lugar donde se encontraban los restos de la joven, fueron suficiente prueba para que el sistema de justicia respondiera a favor de la familia de la víctima. Sergio fue absuelto de los cargos, quedó libre y huyó hacia Zacatecas.
¿Cuántas historias como esta no habrá en nuestro país de las cuales no nos hemos siquiera enterado? Historias de asesinatos de hijas, de madres, de hermanas; casos de búsqueda de justicia que terminan en casquillos en el suelo y la oscuridad de la sangre derramada. ¿Cuántas no nos contaron nunca los medios? Ya fuera porque las consideraron irrelevantes o insignificantes; o quizá porque alguien pidió que no trascendieran nunca. ¿Cuántas de estas personas que han recibido amenazas por indagar y exigir justicia han sido calladas sin alternativas? Pienso en el coraje, la rabia, el miedo y la frustración de terminar asesinados por buscar, en un país donde la alianza entre los cárteles, las mafias y los representantes del gobierno –que hasta hace poco llegaban hasta el Ejecutivo Federal- han secuestrado la justicia nacional y han agraviado cualquier esperanza de esclarecimiento de los crímenes. Pienso en Genaro García Luna, Salvador Cienfuegos, César Duarte y Javier Duarte. ¿Cómo no iban a tener los criminales toda la tranquilidad de amedrentar, violar y matar? Mientras tanto, ¿cuántas mujeres no se habrán sentido solas en su lucha, desamparadas absolutamente por nuestro sistema de justicia?
Hoy hemos cambiado nosotras. Hoy empezamos a ser cada vez más mujeres organizadas que no se dejen, que se juntan, que se organizan, que se apoyan. Sí, escuchar las entrevistas vertidas en el documental resulta abrumante, sobre todo porque diariamente ese dolor se multiplica en México y se suman a la lista de asesinadas al menos diez mujeres cada día. De acuerdo con el propio filme, aún hoy el 97% de los casos de feminicidio que se reportan quedan impunes. Faltaría calcular todos los que no siquiera se denuncian. Pero también es cierto que tenemos una tarea: nos urge acompañarlas y caminar con ellas, con las mujeres que buscan y exigen. Marisela no es un caso aislado, son miles a quienes tenemos que acompañar, a quienes debemos apoyar en bola como feministas y estar al pendiente de sus casos para no permitir que se queden solas sin quien presione frente al sistema de impunidad.
A la par, urge exigir para preparar, sensibilizar y profesionalizar a las Fiscalías en temas de género con el objetivo de armar correctamente las carpetas de investigación para que nunca más se deje libre por descuido a un criminal. Urge ser mucho más terminantes con la prevención, la justa y necesaria sanción de cada caso, así como el resarcimiento del daño para las familiares de las víctimas. Urge presionar para atender el sistema de justicia, debe ser prioridad. Urge criminalizar discursivamente -desde políticxs, líderes de opinión, activistas, profesorxs- a quienes sean cómplices de feminicidios, nombrándolos no como homicidios a mujeres, sino como lo que son: feminicidios basados en la misoginia. Urge empujar para fortalecer las estrategias para desarticular al crimen organizado. Nos urge sentirnos seguras. Nos urge que no haya ni una menos.



