En el marco de la inauguración de la etapa constructiva de la Refinería Olmeca, el gobierno encabezado por el Presidente Andrés Manuel López Obrador anunció una obra estratégica para dotar de gas natural al sur-sureste y de esta manera dar respuesta a una demanda ancestral del país: terminar con el problema estructural de los desequilibrios regionales en México, donde cohabitan un norte y centro desarrollados con un sur relegado.
Nos referimos a la ampliación del ducto que corre bajo el mar y conecta el sur de Texas con Tuxpan, Veracruz con la construcción de un segundo gasoducto marino de 715 kilómetros que llegará hasta el puerto de Coatzacoalcos para transportar el gas a la Refinería Olmeca, abastecer a la Península de Yucatán y, además, posiblemente conectarse con el proyectado gasoducto transístmico para hacerla llegar a la planta de licuefacción de Salina Cruz, Oaxaca.
Para llevar a cabo esta obra —que contempla una inversión de 5 mil millones de dólares y cuyo objetivo es fortalecer la seguridad energética del sureste— se estableció una alianza estratégica entre la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y TC Energy antes TransCanada, donde la CFE se convierte en socio y copropietario del gasoducto, ya que al finalizar la vigencia del contrato en 2055 tendrá una participación accionaria de hasta el 49% de su valor neto.
La importancia de la construcción de este gasoducto radica en que la diferencia entre el desarrollo y el atraso de un país o una región, no es algo abstracto, sino que depende de algo muy concreto: el gas natural, que es un motor del desarrollo económico, un ejemplo es Estados Unidos donde por cada empleo generado en el sector del gas natural se crean otros 2.7 en otros sectores de la economía.
México no es la excepción, el gas natural fue la piedra angular sobre la que se inició en 1930 el proceso de industrialización en la ciudad de Monterrey, posteriormente en la zona del Bajío y norte del país; donde el PIB manufacturero ha registrado crecimientos anuales en promedio de hasta el 5.3%.
Sin embargo, el centralismo y las políticas de desarrollo económico que predominaron en los anteriores regímenes de gobierno concentraron en el norte del país el 85% del consumo industrial de gas natural y el 80% de gasoducto; mientras que en el sur-sureste solamente se consume el 15% y se cuenta únicamente con el 20% de gasoducto.
En conclusión, las regiones más competitivas y prósperas son aquellas que cuentan con combustibles a precios asequibles, como el gas natural.
En la actualidad son 12 estados que no cuentan con infraestructura de gas natural, entre ellas las ubicadas en el sur-sureste; que conforman la región petrolera del país, que tanto ha aportado al desarrollo e industrialización de México.
Para saldar esta deuda histórica, la Cuarta Transformación ha desplegado un nuevo federalismo de carácter energético para gasificar al sur-sureste, región estratégica por su riqueza petrolera, recursos acuíferos y su posición geopolítica al ser la frontera entre el sur y norte del continente.
Desde la Comisión de Energía de la Cámara de Diputados hemos coadyuvado en las tareas de gestión y promoción de la gasificación del sureste mexicano, destacando la organización de manera conjunta con el Consejo Coordinador Empresarial del foro Mesas Técnicas de Gas Natural y Electricidad, que reunió en 2019 en la ciudad de Mérida a expertos que expusieron soluciones para abatir el desabasto de gas natural en la región.
En dicho foro, destaco el anuncio del Centro Nacional de Control del Gas Natural (CENAGAS), de los trabajos de reconfiguración de la Estación de Compresión de Cempoala, para que fuera bidireccional y una vez que entrará en funcionamiento el gasoducto marino Sur de Texas-Tuxpan, comprimiera gas hacia el Sureste del país.
A tres años de distancia y desde el ámbito legislativo podemos decirle a las mujeres y hombres del Sureste mexicano que un nuevo Federalismo Energético cobra vigencia, beneficiando en primer lugar a las regiones petroleras que tanto han aportado al desarrollo nacional, misión cumplida.



