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El chiste misógino y la violencia de género

La discriminación es una práctica que trata de manera desfavorable o con desprecio lo “diferente”, puede ser consciente o inconsciente, ya sea a un grupo, persona, institución o creencia por el hecho de considerarla distint@. Se vierten en estas prácticas, estereotipos y prejuicios que salen a relucir al momento de considerar a alguien como «inferior» y es juzgado y valorado bajo parámetros negativos y con sentimientos hostiles, lo cual genera una actitud de exclusión.

Muchas diferencias que existen y que normalmente pudieran ser inofensivas, pueden convertirse en amenazas, por ejemplo, las diferencias sexuales en muchas ocasiones se convierten en diferencias antónimas, es decir, opuestas, que muestran comportamientos en lo que denominamos actitudes y representaciones sociales sobre el género y que inducen a pensar en las mujeres como inferiores y de menor valía.

En nuestra sociedad innegablemente machista, los estereotipos, los prejuicios y la discriminación son dirigidos de manera sistemática y exacerbada en contra de las mujeres que las muestra como inferiores, lo que genera burlas y denigración. Ello es producto de visiones y prácticas masculinas que las deja sin derechos, poder y prestigio y, además, vulnerables a todo tipo de abusos y violencia.

Esta violencia se expresa a través del lenguaje, entendiendo por éste, el sistema a través del cual los seres humanos comunican sus ideas y sentimientos, ya sea a través del habla, la escritura u otros signos convencionales. Y los seres humanos utilizamos –según especialistas- un lenguaje complejo compuesto por sonidos o gráficos, así como mensajes corporales. El lenguaje nos sirve para comunicar: ideas, necesidades, quejas, hechos o para expresar de manera simbólica o figurada lo que pensamos.

El chiste forma parte del lenguaje a través del cual transmitimos ideas, por tanto, si pensamos en lo que es un chiste diríamos que es una breve narración oral cargada de humor y que nos mueve a la risa. Existen chistes violentos, son aquéllos que sirven para hacer bullying o burla a alguna persona por sus atributos físicos: gordura, flacura, talla grande, talla pequeña, tono de voz, color de piel, edad, condición étnica, social, económica, etc. Los chistes evocan algo que nos resulta familiar, porque suelen recurrir a estereotipos, es decir, a conductas que hemos aprendido y son “aceptadas” socialmente, sin embargo  muchos chistes –sobre todo los dirigidos hacia las mujeres- están cargados de misoginia, entendiendo por esto, actitudes y comportamientos de odio, repulsión y aversión hacia las mujeres. La misoginia se relaciona con la violencia de género contra las mujeres, que puede llegar al feminicidio, también la misoginia aplica en algunas situaciones a las propias mujeres que desprecian y menosprecian a otras mujeres.

Los chistes recurren a narrar conductas estereotipadas culturalmente, cuando hablamos de chistes misóginos relacionados con las mujeres, busca denigrarlas y violentarlas. Contar un chiste misógino es entonces una conducta violenta.

Lo delicado es que suele tolerarse e incluso aplaudirse y mover a la risa o carcajada cuando lo que se narra es la burla, descalificación, ridiculización y humillación. Además, recurren a elementos que están familiarizados entre las personas, se les entiende y mueven a la risa porque se comprende la burla, descalificación o ridiculización que llevan impresa, la gravedad es que estas conductas que mueven a la risa se naturalizan, es decir, se vuelve normal burlarse de las mujeres, y al mismo tiempo es el humor el que termina por disculpar la normalidad de dichas violencias. Es decir, si alguna mujer llega a ofenderse suele decirse que “es una broma” o “no aguantas nada”. Con el chiste, se recurre a un elemento muy internalizado en la cultura mexicana que afirma reírse de todo, incluso de la muerte. Y es justo en esta normalización donde radica el mayor peligro.

Cuando los chistes normalizan la violencia es porque está instalado en el inconsciente colectivo que incluso mueve a la risa, se toma con ligereza, sin seriedad y, aún más grave, como algo posible, aceptable, porque encubren una violencia, real y simbólica, en donde el género se satiriza. Para ambos sexos son igual de violentos, aunque con las mujeres el problema se agrava, contienen una violencia sutil para denigrar, por ello, interpelar al clasismo, al racismo y la discriminación no es en vano, tenemos la obligación de de-construir las masculinidades violentas, por masculinidades igualitarias, y revisar las actitudes y conductas que se toleran, se comparten y se reproducen.         Y como el lenguaje es un proceso cognitivo, podemos y tenemos la capacidad de construir nuevas formas y contenidos para comunicarnos basados en la igualdad y reconfigurar la realidad social en la cual vivimos.

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