En una colaboración anterior expuse la necesidad de abordar de manera más amplia el problema del racismo, pero también es el clasismo una de las más grandes heridas en nuestro país.
El origen del clasismo, definido como la discriminación por diferencia de clase, recae en los privilegios, y éstos en una sociedad disfuncional dado su sistema económico que fomenta la desigualdad.
Escuchaba hace unos días una mesa de opinión en la que mencionaban que los privilegios (llámese económico, por color de piel, preferencia sexual, sexo, etcétera) no son malos per se. Esto bajo la lógica de que prácticamente todos los privilegios se dan al nacer y que nadie decide donde lo hace. Bajo este supuesto, el privilegiado no es culpable de las desigualdades derivadas de sus privilegios.
El debate derivó a partir de comentarios en torno a los “¡mueran!” que exclamó Andrés Manuel el día del Grito: ¡muera el clasismo, muera el racismo, muera la corrupción! Resultó que hubo gente que se ofendió con dichas expresiones, y una de las teorías era que fueron precisamente los clasistas, los racistas y los corruptos los que primeramente expresaron su indignación ante el “cambio de protocolo” en el Grito.
También se habló de una curiosa reacción por parte de los sectores más privilegiados cada vez que se habla de clasismo. Muchos niegan que exista, como si al solo evocarlo implicara una acusación. ¿Será que todo privilegiado sabe, muy en el fondo, que su carácter de privilegio es una injusticia por definición? Son (somos) una injusticia en vida. Algunos reconocemos el gran problema del clasismo, otros lo ocultan y otros lo fomentan.
Por otro lado hay quienes, viviendo en un mundo de fantasía, no reconocen el carácter accidental de su situación, asegurando que su privilegio es gracias a su esfuerzo. Los casos de personas que nacen sin privilegios y mueren con ellos son tan escasos que hacen películas sobre ellos. La falsa idea de que el bienestar depende del esfuerzo hace sentir culpables a quienes nacen en la pobreza, a pesar de que trabajan más que los privilegiados sin poder cambiar su estado socioeconómico. Y se usan historias completamente extraordinarias (no en el sentido de magnificencia sino de improbabilidad), vertidas en películas y cuentos para decirle a la gente que solamente se trata de esforzarse para conseguir lo que quieres. Y mucha gente lo cree. ¿Cuántas veces hemos escuchado la sandez de que el pobre es pobre porque quiere? Quienes lo afirman se les ha dado todo en la vida porque tuvieron la fortuna de nacer bajo el paraguas del privilegio.
Decía antes que en la mesa de opinión que escuché se comentó que el privilegio no es malo per se. Se dijo, entiendo, en un esfuerzo por responder a aquellos privilegiados que se ofendían porque se hablara de clasismo y que muy regularmente negaban su existencia. “No deben sentirse ofendidos los privilegiados porque se hable de la necesidad de combatir el clasismo, el privilegio no es malo, lo que es malo es el clasismo.” Pero yo digo: el privilegio sí es malo. No así el privilegiado, quien no tiene la “culpa” de tenerlos. Pero el privilegio no debería de existir porque es consecuencia de una sociedad que discrimina y de una muy injusta repartición de la riqueza.
Vivimos en una sociedad donde es un privilegio ser hombre. ¡Es un privilegio ser hombre! Es un privilegio ser heterosexual, es un privilegio ser blanco. ¿No es malo que existan estos privilegios? Y no debería de existir el privilegio de ser de clase alta o burguesa o acomodada o como se le quiera llamar. No debería de existir el privilegio de no tener que preocuparte por lo que vas a calzar, vestir o comer. O el privilegio de no tener que preocuparte por pagar una escuela o el hospital. Todas las personas deberíamos de tener las mismas oportunidades. Al carajo con la falsa idea de la meritocracia, donde supuestamente cada quien es recompensado de acuerdo a su esfuerzo. Es una falacia. En todo caso la realidad es a la inversa. Quienes nacen pobres viven en las periferias, dedican 3 horas para transportarse diariamente, estudian y trabajan al mismo tiempo, madrugan, se desvelan, comen a deshoras, les cuesta más sobrevivir, se esfuerzan más. Y, a pesar de ello, su realidad económica rara vez cambia o cambia muy poco. Vivimos, en realidad, en una especie de antimeritocracia. Donde se tienen que esforzar más quienes menos tienen. Y los que más tienen, obviamente, suelen esforzarse mucho menos.
Algo en este sentido escribió Max Weber en 1921:
«La más sencilla observación muestra que en todos los contrastes notables que se manifiestan en el destino y en la situación de dos hombres, tanto en lo que se refiere a su salud y a su situación económica o social como en cualquier otro respecto, y por evidente que sea el motivo puramente “accidental” de la diferencia, el que está mejor situado siente la urgente necesidad de considerar como “legítima” su posición privilegiada, de considerar su propia situación como resultado de un “mérito” y la ajena como producto de una “culpa”.»
La mínima responsabilidad que debemos tener quienes gozamos de privilegios es reconocer su carácter fortuito y aberrante, y que son el origen del clasismo y de muchas otras formas de discriminación.




