Parte I
Las relaciones familiares tienen una gran diversidad de problemáticas, recordemos que los modelos de familia se modifican con el tiempo, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), podemos definir a la familia como el “conjunto de personas que conviven bajo el mismo techo, organizadas en roles fijos (padre, madre, hermanos, etc.) con vínculos consanguíneos o no, con un modo de existencia económico y social comunes, con sentimientos afectivos que los unen y aglutinan”.
De acuerdo con G. Allard, las funciones de una familia están relacionadas con cubrir una serie de necesidades básicas:
- Necesidad de tener: refiriéndose a lo material, son los aspectos económicos y educativos necesarios para vivir
- Necesidad de relación: la familia enseña a socializarse, comunicarse con los demás, querer, sentirse querido, etcétera.
- Necesidad de ser: la familia debe proporcionar al individuo un sentido de identidad y autonomía de unos mismo
Y estas necesidades se ven satisfechas en los diferentes modelos de familia, por sus integrantes, pero no por todos y todas, recordemos que siempre la categoría de género nos plantea estudiar cualquier objeto de estudio con ésa perspectiva, así que en la mayoría de las familias los tiempos de cuidado están en su mayoría a cargo de las mujeres.
El trabajo afuera del ámbito privado afecta al interior del mismo y de las dinámicas familiares, con un menor acceso directo a recursos económicos, las mujeres tienen menor capacidad que los hombres de lograr autonomía económica, política y psicológica. Es decir, enfrentan mayores obstáculos para tomar decisiones libres e informadas sobre sus vidas, así como para poder ser y hacer en función de sus propias aspiraciones y deseos, además los tiempos de cuidado y trabajo no remunerado en el hogar tiene mucho que ver al respecto. Las mujeres han salido al mercado laboral, tanto por necesidad ante la situación de crisis económica que enfrentan las familias mexicanas como por la urgencia de hacerse de recursos económicos y así de autonomía y libertad. Sin embargo, la tendencia inversa no ha ocurrido con la misma fuerza. En promedio, el hombre mexicano sigue actuando bajo la lógica de candil de la calle y obscuridad en la casa.
El trabajo en el hogar es tiempo y esfuerzo, es trabajo, todos y todas nos beneficiamos de él, sin embargo, son las mujeres las que históricamente han asumido el costo de realizarlo. La democratización del trabajo doméstico y de cuidados en los hogares mexicanos y la autonomía económica de las mujeres empezará a ser posible cuando asumamos una nueva ética de corresponsabilidad, la cual implica que hombres y mujeres así como las familias, el Estado y el Mercado asumamos la responsabilidad compartida de los cuidados y, en consecuencia, actuemos coordinadamente para distribuir de manera equitativa el tiempo y esfuerzo que requieren.




